El enemigo más peligroso de la democracia en América es la corrupción. Parece un fantasma que cabalga por toda la geografía continental desde hace décadas. No se ve, pero se siente y, en Colombia, su omnipresencia se vuelca sobre los cuatro horizontes del suelo y del hombre, hasta el punto de haber generado una especie de subcultura que se nutre de los antivalores.
Otro enemigo, tal vez el más enérgico, es el autoritarismo. Hijo de una postura tribal, ignora la idea de pluralismo e incluso persigue a personas y grupos sociales cuyos derechos legítimos desconoce. Hijo también de las dictaduras que trajeron consigo los fascismos y los comunismos, suele vestirse con ropaje populista. Trump y Maduro son los mejores ejemplos en el continente, pero también en Colombia ha asomado su rostro en cualquier momento y en cualquier sector del espectro político.
La subcultura de los antivalores es una perversión creciente que aparece en los hábitos de una sociedad, cuando se debilita su ética y se privilegian los intereses sobre los principios. El fenómeno no es uno muy antiguo en Colombia. Si bien la corrupción ha existido desde siempre, los colombianos vivieron protegidos, durante mucho tiempo, por una ética religiosa que envolvía sus comportamientos individuales y colectivos.
La evolución social, la modernización institucional, el cambio de paradigmas, indujeron un desplazamiento, apenas natural, de la ética religiosa hacia la ética civil, que es una ética laica. Pero la ética es producto de la cultura y, por lo mismo, no es universal. Frente al advenimiento de la aldea global, los seres humanos se recluyeron en sus identidades primarias: lo local, lo cultural, lo religioso.
Colombia quiso plasmar ese tránsito en la Constitución del 91. Sin embargo, no pudo, o no quiso, construir una ética social. La ética religiosa se volvió individual y el conjunto de la sociedad se quedó, prácticamente, sin ética. Avanzó hacia la separación de la Iglesia y el Estado, hacia la libertad de cultos, hacia el libre desarrollo de la personalidad, pero fue incapaz de construir socialmente una ética laica.
Esa carencia abonó la corrupción, mientras desde las múltiples violencias se producían ánimos autoritarios. La idea del dinero fácil, aparecida con el narcotráfico, matriculó al país en una carrera loca hacia el oropel, cuyo vacío cascarón encubre las desigualdades sociales. Alguien ha dicho que la ética, como la vida, es al mismo tiempo individual y social. Pero Colombia acusa ausencia de lo segundo. Se volvió una sociedad desigual, excluyente, maniquea, en la cual florece, con facilidad, la subcultura de los antivalores.
La corrupción, el autoritarismo, la desigualdad son los enemigos más poderosos de la democracia. Pero el remedio va más allá de regulaciones jurídicas. Es preciso recuperar la ética y politizar, en el mejor sentido del vocablo, a la gente. Educar, cívicamente, desde la casa y la escuela para que los individuos se conviertan en ciudadanos. La democracia no es un estatus por conquistar. Es una conquista cotidiana. Por eso sus problemas solo se resuelven con más democracia.
*Exsenador, profesor universitario.