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Neutralidad militante

03 de diciembre de 2015 - 09:00 p. m.

Hace varias décadas, en la boca del metro ‘Trocadero’ de París, alguien escribió un curioso grafiti: “Hay muchos africanos en París”.

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Así comienza un texto de William Ospina que leí también hace años. Era una reflexión que ponía de presente la paradoja de unos franceses molestos por la llegada masiva de nacionales de sus antiguas colonias, pero satisfechos porque, al otro lado del Mediterráneo, nadie se atrevía a decir que “hay muchos franceses en África”.

Ese es el remoto comienzo de la guerra asimétrica que hoy amenaza a Europa. Desde entonces las potencias europeas y los Estados Unidos han venido jugando con fuego tanto en territorio africano como en el medio oriente. Desde 1979 Estados Unidos y sus aliados apoyaron a grupos extremistas en Afganistan para derrotar a los soviéticos pero, con el mismo criterio, aquellos se alzaron luego contra gringos y europeos hasta el punto de convertirse en autores de los atentados del 11 de septiembre de 2001.

Durante casi toda la primera mitad del siglo xx, Francia mantuvo ocupada buena parte de los territorios situados al sur de Turquía, entre ellos la actual Siria. Sin embargo los franceses han sabido presentarse siempre como abanderados de las libertades y defensores de una neutralidad estatal que garantiza la vigencia de los derechos de todos. En ese sentido se convirtió en uno de los baluartes de la cultura occidental.

Tal vez por eso mismo varios millones de musulmanes, a lo largo de los años, hicieron de Francia su nuevo hogar. Muchos de sus hijos no conocen patria distinta a la de la Marsellesa. Aun así no la sienten plenamente suya. Alrededor de París viven hijos de inmigrantes, franceses de nacimiento que tienen al francés como lengua materna, defienden los derechos de todos y practican la religión de sus mayores. En general suelen preguntarse porqué no están cabalmente integrados a la sociedad que los alberga.

Francia es un estado laico, religiosamente neutro que, sin embargo, ha hecho de esa neutralidad una suerte de actitud partidaria. El laicismo no es exclusivo de Francia pero allí, más que una consagración jurídica, es una cultura, un ethos, una postura liberatoria que nació, a comienzos del siglo xx, casi en términos de dogma ilustrado. El laicismo es un gesto de civilización. Pero en la cultura francesa es una militancia.

Cuando los franceses prohibieron el uso público de la burka y de los velos que cubren el rostro femenino, varios defensores de derechos humanos rechazaron la medida por considerar que cercenaba los derechos de las mujeres musulmanas residentes en Francia. La prohibición –ya sea formulada en términos neutros o con referencias explícitas al velo musulmán- viola el derecho a no sufrir discriminación por motivos de religión y de género, proclamó Human Rights Watch en el año 2010.

Por supuesto, me identifico plenamente con quienes condenan toda forma de terrorismo. Pero hay que observar con cuidado el curso de la historia: Además de los ingredientes políticos, me temo que en París resultaron enfrentados dos proselitismos: el de una política que ha hecho del laicismo una especie de dogma religioso, y el de una religión que hizo de su dogma religioso una aventura política. Las dos cosas se excluyen.

*Exsenador, profesor universitario, @inefable1

 

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