Una frontera tan extensa como la que une –o separa- a Colombia y Venezuela exige el tratamiento más cuidadoso posible en materia de relaciones bilaterales.
En este mundo plural ni siquiera las fronteras entre dos países son las mismas en toda su longitud. Su gente es diversa. La frontera colombo-venezolana en la Guajira difiere de la de Cúcuta y ambas de la de Arauca o la del Guainía. Lo que sí se parece a ambos lados es la gente, y a esa gente no le deben poner fronteras. Un gobierno serio debe tener en cuenta esas realidades para trabajar sobre ellas tanto en el conflicto como en el acuerdo. Pero eso no se le ha ocurrido a ningún gobierno en ninguno de los dos lados de la frontera.
Dicen algunos que la historia de Colombia, por encima de sus caudillos, ha girado en torno a instituciones. En cambio la de Venezuela, por encima de sus instituciones, ha girado en torno a caudillos. Independientemente de que se acepte o no tal afirmación, la debilidad en las cancillerías de ambos países conspira contra la fluidez de unas relaciones transparentes. Los dos países han tenido buenos y malos cancilleres, pero ninguno ha tenido buena cancillería. Sobre todo en los últimos lustros el eje de su relación bilateral no ha sido propiamente la diplomacia. A menudo ha sido lo contrario: la falta de diplomacia.
En estos ocho años una prioridad del gobierno colombiano, en la cual se sintonizó con sus ciudadanos, fue la lucha contra los grupos armados ilegítimos, particularmente contra las ‘farc’. Probablemente hay vías complementarias para tramitar ese conflicto que han sido desatendidas pero, en todo caso, era necesario recuperar la seguridad perdida en aquel mar de incertidumbres que inundó al país desde los días del Caguán.
En el ámbito del gobierno vecino las prioridades son distintas. Para el jefe de estado venezolano la prioridad es él mismo. Por eso ve las cosas desde dos puntos de vista: el suyo y el equivocado. No dialoga sino con quienes están de acuerdo con él. Es tribalista. Su fundamentalismo lo lleva a ver todo en blanco y negro, a disfrazar de progresistas las posturas autoritarias que asume y a acomodar la realidad a sus ideas, cuando lo debido es precisamente lo contrario.
En otras palabras, ejerce una especie de fascismo de izquierda que lo hace omnipresente y le cierra los espacios a la diplomacia. Su canciller da la impresión de ser un hombre menor, incapaz del liderazgo y la imaginación necesarios para dirigir la recomposición de unas relaciones diplomáticas maltrechas. Además la sobreideologización del conjunto del gobierno le impide comprometerse con propósitos que supongan apertura al pluralismo. Con el presidente de Venezuela cualquier cosa es posible.
Su última decisión –típica de un caudillo belicoso- fue romper relaciones con Colombia. Sin embargo se abstiene de abordar el problema de fondo. Tal decisión produce efectos mediáticos y políticos, pero se relativiza al descubrir que el comercio binacional está reducido a expresiones mínimas. De hecho la economía sabe más que la política. Dice bien del presidente electo de Colombia su actitud prudente frente al gobierno venezolano, pero mientras no se recupere la confianza mutua será imposible recobrar el juego limpio en la relación bilateral. Es preciso dejar correr más tiempo y trabajar, no tanto para acercarse a Chávez, sino para minimizar los problemas a los colombianos residentes en Venezuela y, por supuesto a los viven en la frontera, para quienes los dos lados son parte de su vida cotidiana.
Y claro, intentar –aunque alguien podría decir que es ingenuo- que el inefable coronel maneje la diplomacia a través de la cancillería y no de la radio. De otra manera se dificulta al máximo cualquier acuerdo en medio de agendas diversas. Ningún jefe de estado serio vocifera irresponsablemente desde un programa radial, como suele hacerlo Chávez. Deja en claro que improvisa la política. Agrada y ofende hoy a los mismos que ayer agravió o congratuló, dependiendo exclusivamente de la coyuntura de su interés individual e inmediatista. Semejante actitud supone un total desprecio por la voluntad de los ciudadanos de su propio país, a los cuales está induciendo al absurdo de la animadversión hacia Colombia. Pero, en un momento como el actual, también es despreciar el sentimiento de los colombianos que, en materia de lucha contra las ‘farc’, se han sentido interpretados por su gobierno.
*Ex senador, profesor universitario atm@cidan.net