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¿Terrorismo moral?

10 de agosto de 2018 - 12:00 a. m.

La intervención del presidente del Congreso en el acto de posesión del presidente de la República no fue un discurso sino una barbaridad, un desatino, una vergüenza. Incluso, un acto irresponsable que va más allá de sí mismo, porque compromete a su partido. Buen número de sus dirigentes aplaudieron el arrebatado discurso, sin reparar en que frases de ese tono incendiaron al país y violentaron a sus habitantes, en el proceso que desató el fenómeno de La Violencia, a mediados del siglo XX.

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Aun en términos puramente formales la malhadada intervención resulta inadmisible. No es amable, ni oportuno, ni protocolario hacer menciones y rendir homenajes a personaje alguno, cualquiera que sea, cuando la figura central es el nuevo jefe del Estado. Pero nada de lo anterior fue visto por quienes privilegian las vísceras sobre la urbanidad y el rencor sobre la inteligencia.

No valdría la pena hacer referencia al discurso del presidente del Congreso, si no fuera porque, lamentablemente para el país, asordinó el mensaje esperanzador del nuevo jefe del Estado. Como suele decirse en lenguaje coloquial, con amigos así no se necesitan enemigos. De persistir en actitud tan absurda, el Centro Democrático va a comprometer, en materia grave, la gobernabilidad que necesita el nuevo presidente.

Habrá que esperar a otro momento para que el presidente Duque reitere su interés por adelantar conversaciones con todos los sectores políticos y de la sociedad civil. Lo dijo en su discurso, pero tendrá que repetirlo si quiere dejar atrás el enojoso episodio del presidente del Congreso y avanzar hacia lo que, en entrevista reciente, comparó con los Pactos de la Moncloa. Anotó que su generación está motivada por el servicio y no por el ejercicio vanidoso del poder. Y que está inspirada en la justicia social y dedicada a promover el entendimiento, el trabajo en equipo y la construcción de consensos.

Recordó Duque al expresidente Darío Echandía, cuya serena grandeza, en medio de los incendios del 9 de abril, lo indujo a preguntarse: “El poder ¿para qué?”. Alguna vez escribió Fabio Lozano Simonelli que aquella pregunta llevaba implícita una postura ética: en efecto, para el maestro Echandía “el poder no es para poder”, sino para servir. Es la antítesis del autoritarismo. Recordó también al poeta Federico García Lorca, quien no es alguien políticamente neutro, como no lo es Echandía para hablar del poder. En efecto, convocar a los ciudadanos, más allá de sus diferencias de criterio, para un diálogo creador, supone abrir puertas hacia el ejercicio de una democracia deliberativa.

Pero la propuesta de Duque no se puede agotar en el Congreso. Ese fue, quizás, el gran error de Santos frente a los Acuerdos de La Habana: les faltó país. La propuesta de Duque debe incluir al país nacional. En el Congreso habrá quienes la defiendan, por supuesto. Pero también quienes, como el senador de marras o como quienes le dieron su respaldo, vergonzante o cínico, contribuyen a alborotar el incendio, mientras el nuevo presidente se empeña en apagarlo. Eso puede llamarse terrorismo moral.

* Exsenador, profesor universitario.

@inefable1

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