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Un busto como homenaje y como afrenta

02 de octubre de 2008 - 05:30 p. m.

Pedro Antonio Marín fue un campesino nacido en el oriente del viejo Caldas, que muy joven emigró al sur del Tolima, donde un tío político suyo habría de convertirse en el gran comandante de las guerrillas liberales: el general Gerardo Loaiza.

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Eran hombres de trabajo que se vieron obligados a tomar las armas para defenderse de la persecución desatada por organismos de seguridad del Estado. Protagonistas de una pequeña historia comarcana, estaban escribiendo –sin saberlo- uno de los grandes capítulos de la historia nacional.

Aquellos campesinos merecen un homenaje que nadie les ha rendido y que, por supuesto, no debe molestar a nadie. No sólo Pedro Antonio Marín. Él y todos los líderes del famoso campamento de ‘El Davis’, desde donde se proyectaron las autodefensas campesinas que más tarde se habrían de dividir en ‘limpios’ y ‘comunes’, según se identificaran con las banderas liberales o con las banderas comunistas.

Luego ‘Tirofijo’ dejó de ser Pedro Antonio Marín, para volverse Manuel Marulanda Vélez. Era el nombre de un sindicalista por quien profesaba admiración. El comandante de los ‘comunes’, conocido como ‘Charro Negro’, también había cambiado su nombre de pila, Jacobo Prías Alape, por el de Fermín Charry Rincón, un cercano amigo suyo. Pienso que ese el origen de una costumbre que, en el seno de las ‘Farc’ aún se conserva.

Marulanda se convirtió en líder de una guerrilla, un poco marginal, orientada por el partido comunista colombiano. Los camaradas proclamaban la célebre fórmula de la combinación de las formas de lucha. Aquel Marulanda no hubiera sido objeto de homenaje por ningún otro grupo revolucionario, porque la izquierda se fracturó de manera irreconciliable en las líneas pro-soviética, pro-china y pro-cubana.

Pasaron los años y pasaron muchas cosas. El narcotráfico se convirtió en una próspera industria, que contaminó a casi todo el cuerpo social. Las mafias adquirieron tanto poder que amenazaron al mismo Estado, en términos que las convirtieron en actores políticos. Por su parte la guerrilla no sólo no evitó el negocio, sino que lo aprovechó para fortalecerse militarmente.

Las guerras se pervierten porque la guerra pervierte a los que hacen la guerra. Así funciona su lógica diabólica. Por eso nacieron los paramilitares y por eso las ‘Farc’ echaron a perder sus ideales políticos. Abonados en el colapso del socialismo real, en la prosperidad del negocio ilícito, en la dinámica de su vocación militar y en la comisión de actos terroristas, echaron a perder también sus propósitos de paz.

Las ‘Farc’ se convirtieron en un sistema de vida. Siguen hablando de revolución, sin percatarse de que el vocablo y el concepto perdieron el contenido que les asignó el siglo XX. Tampoco han sido capaces de otorgarle uno nuevo. Su actual comandante  pretende volver al esquema de guerra de guerrillas, como plan “para el renacer revolucionario de las masas”. ¡Por Dios! semejante lenguaje jurásico lo embalsama todo.

Hoy resulta inviable cualquier opción política que no surja de procedimientos elaborados en medio del derecho. Si el siglo pasado le atribuyó al derecho la tarea de asegurar el orden del capitalismo, el actual lo convirtió en el único instrumento válido para limitar el poder irracional de la fuerza. A los poderosos no les hace falta el derecho. Les basta con la armas. Son los débiles y, sobre todo, los pacifistas, los que lo necesitan. Por eso la revolución armada yace en el museo de la historia.

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Quienes siguen viendo a Marulanda como símbolo revolucionario tienen el futuro a sus espaldas: la clásica revolución que predicó es patrimonio del pasado. Quienes la defienden resultan conservadores, sin quererlo. Y para las víctimas de una violencia de la cual él también fue responsable, el homenaje es una afrenta.

Erigir un busto a ‘Tirofijo’ tiene más el sentido coyuntural de fastidiar a sus adversarios, que el sentido político de movilizar a sus partidarios, o que el sentido histórico de proyectar un mensaje social hacia el futuro. Hay muchos abusos y demasiada violencia en el balance de su vida como para pretender que el homenaje despierte más simpatía que rechazo.

Ex senador, profesor universitario.

atm@cidan.net

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