Ningún colombiano nacido después de 1936 pudo votar el plebiscito del 1º de diciembre de 1957.
En ese momento el país tomo la decisión histórica de votar para resolver un conflicto armado que registró los más dramáticos niveles de violencia. Fue una violencia anidada en la polarización entre los partidos conservador y liberal, estimulada por dirigentes que –como hoy- privilegian intereses políticos sobre intereses sociales.
El plebiscito fue aprobado por el 91% de los votos. Dio vida al Frente Nacional y logró la paz, aunque no pudo dotarla de factores estabilizantes. Antes de una década teníamos una nueva guerra, hija de la polarización universal, anidada en la guerra fría y en la sobreideologización de la política. Esta guerra se convirtió en fuente de derecho y dio origen a la tesis de la combinación de las formas de lucha.
Ahora estamos, otra vez, frente a un voto histórico. Se trata de decidir si el conflicto armado se supera a través de soluciones políticas. La política es el arte de lo posible, la forma de ponerse de acuerdo con el otro, la idea fuerza capaz de diseñar acuerdos de mínimos. El voto afirmativo abre puertas hacia el ejercicio de la política por parte de quienes hicieron la guerra. El voto negativo las clausura.
El “si” en el plebiscito del 2 de octubre supone un mensaje de convivencia entre los colombianos y un compromiso de paz frente al mundo. Es comenzar a construir consensos entre antiguos enemigos que, ahora, sólo van a ser adversarios. El “no” conlleva un sonido bélico que impide la aproximación entre los actores sociales y neutraliza cualquier posibilidad política de revisar lo pactado.
En los acuerdos de La Habana no existe la más mínima amenaza para el Estado de Derecho, ni para la economía de mercado. No es correcto decir que el país se desliza hacia un supuesto socialismo del siglo xxi. Son las Farc las que ingresan a un escenario de pluralismo y democracia. Que Colombia siga manteniendo estos principios depende de todos y cada uno de los colombianos.
Estamos frente a unos acuerdos políticos que, por lo mismo, exigen ser analizados políticamente. Fueron –como lo anotó el ex presidente español Felipe González en el foro del miércoles sobre los beneficios de la paz- los acuerdos posibles. La óptica jurídica debe dejarse para cuando, en los desarrollos del post-acuerdo, surjan problemas que el derecho tenga capacidad de resolver. Hacerlo ahora es inconveniente porque convierte el derecho en fuente de guerra.
Los colombianos han sido históricamente violentados y por eso terminaron siendo incapaces de reconocerse en el otro. Esta es la oportunidad para intentar la construcción del país en que quepamos todos. Como dijo el ex presidente Belisario Betancur en el foro ya referido: “el hombre tiene que establecer un final para la guerra, o de lo contrario será la guerra la que establezca un final para el hombre”.
Exsenador, profesor universitario. @inefable1