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Decidir

18 de febrero de 2020 - 12:00 a. m.

En diferentes edades de mi vida supe de mujeres que decidieron abortar. En el pueblo rotundamente católico donde me crie, las queridas decidían tomar sus bebedizos y seguir gozando del marido casado con otra sin cargar con el hijo que muy posiblemente los alejaría. Cuando la indecisión aparecía, el silencio y la faja como corset ocultaba el embarazo hasta que ya era imposible. Con creencias tan machistas como esa de creer que el placer (del hombre) no sería pleno si usaba preservativo o la mentira de que eyacularía afuera, era imposible evitar embarazarse, decían. Entonces sobrevenía el embarazo no deseado y algunas mujeres tomaban la decisión cuando tenían siete u ocho meses porque sabían que era mejor suspender la gestación que traer a un niño a pasar hambre y abandono. El rumor de aquel acto la acompañaría toda la vida como en La letra escarlata, pero aquello, a las pocas mujeres que lo hacían parecía no importar. Ellas eran excepciones de  la costumbre generacional de parir por montones respaldadas en la creencia de que “cada hijo venía con su pan bajo el brazo” o ”madre no hay sino una, padre es cualquier parche pegado”.

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Asistía sin saber por entonces a la romantización de la miseria como destino y a la normalización de la irresponsabilidad paternal que muy temprano (a los 13 años) leí con los ojos que me prestó Juan Rulfo en Pedro Páramo. Pero había mujeres que decidían lo contario, repito, quienes por tomar esa decisión morían víctimas de las empíricas prácticas abortivas realizadas en la Colombia rural en la que nunca se piensa. Pero decidían. Y la turba pueblerina tomaba aquellas muertes como un castigo divino para esa mujer desalmada. No había espacio en aquellas visiones de mundo para indagar por otros porqués.

En las universidades que he habitado como estudiante y como maestra; en los colegios para adolescentes ricos y pobres he vivido también de cerca la historia de jóvenes cuyos padres ayudaron con el mayor sigilo y prudencia a que su hija (casi una niña) que cursaba el grado once y estaba próxima a emprender una carrera, no tuviera ese hijo producto del amor romántico con otro niño. Aquí las jóvenes decidían y su decisión era respetada. No pasaba lo mismo con las adolescentes de colegios pobres que no podían decidir porque no contaban ni con los medios económicos, ni con el apoyo familiar, ni con una estructura mental que las llenara del coraje suficiente para decidir. Entonces se convertían en madres-niñas casi siempre abandonadas de todo y por todos.

Decidir con quién casarse (o con quién no); decidir a quién amar (o a quién no); decidir cómo llevar el cabello (de qué color, con qué corte); decidir por quién votar (o por quién no); decidir acomodar mi cuerpo al llamado de mi orientación; decidir si quiero tener tetas grandes o pequeñas; decidir cuándo abandonar a quien ya no me da tranquilidad sin obedecer a la tradición romántica y católica que enseña que el amor es para toda la vida. Decidir por qué calles caminar sin la joroba del miedo al atraco o a la violación. Decidir si mi cuerpo desea tener un hijo. Decidir, he ahí la cuestión. Y en todas estas decisiones hasta aquí enumeradas nadie tiene que intervenir porque las consecuencias  me afectarán sólo a mí, los demás son un coro insulso sin oficio.  Es el siglo XXI señores, hombres que han hecho con sus cuerpos la guerra que ha matado a tanta gente.

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