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El arte de ser atropellado

18 de junio de 2018 - 09:00 p. m.

El premio Nobel sueco Tomas Tranströmer escribe: “Me pregunto qué ha significado el método de transformarse a sí mismo en trapo sin vida. El arte de ser atropellado, conservando el amor propio. ¿No lo habré utilizado en exceso? A veces funciona, a veces no”.

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Pareciera que hoy en Colombia, a dos días de lo sucedido en las elecciones presidenciales, hay quienes ya están acostumbrados a ser un trapo sin vida, a ser atropellados y sentirse felices sin siquiera darse por enterados de ese atropello. Y están también los que, padeciendo el arte de ser atropellado, conservan su amor propio o lo que también se llama dignidad.

Rompió el silencio de la tarde noche de la ciudad que habito —que es de derecha hasta la extenuación— el grito de euforia de la señora con su carrito de tintos: “Duque, Duque, ése es, ése es”. País desgraciado. Una señora sin la posibilidad de una pensión, viviendo del día a día feliz por el triunfo de quien en su programa de gobierno no hace alusión a la protección de los ancianos.

Por ello —y por más— no felicito a la caterva de expresidentes y de senadores que vendieron sus principios por hacerse al lado del que ellos intuían sería el triunfador, pues son ellos quienes han logrado este nivel de ignorancia y de miseria humana y no les importa erigirse ganadores por encima del bienestar y la vida digna que no han podido brindar a seres como esta señora de los tintos acostumbrada a ser atropellada.

No me enorgullece este presidente entronizado por el expresidente y hoy senador Álvaro Uribe Vélez, uno de los políticos más vilipendiados debido a una hoja de vida que fluctúa entre la criminalidad por acción o por omisión.

No me enorgullece este presidente porque él encarna un retroceso de los logros sociales alcanzados, un retroceso disfrazado. Basta ver la puesta en escena del presidente electo, Iván Duque Márquez, durante el discurso del domingo en la que, como extras de un filme, la sala estaba atestada de jóvenes y la tarima, de familiares, en una explícita ocultación de todos los representantes de ese mundo corrupto que lo acompañó durante la campaña. ¿Por qué no estaban el exprocurador Ordóñez y la excandidata Viviane Morales y los expresidentes Gaviria y Pastrana en primer plano? ¿Por qué no se enorgullece de ellos?

Un discurso en el que no mencionó a los 8’034.189 electores que le dieron la derrota con visos de victoria al candidato de la Colombia Humana, Gustavo Petro. Por el contrario, solo se refirió a los que no votaron y a los votoblanquistas. ¿Acaso no será el presidente de “todos”? ¿Acaso no le interesan esas nuevas ciudadanías que se resisten a seguir siendo víctimas del atropello y que están cansadas de ser tratadas como un trapo sucio porque poseen amor propio proyectado hacia sus comunidades? ¿Qué hará con ellas?

Debería estar atento el presidente electo Iván Duque y asumir un compromiso con el país que lo eligió y no con el senador que lo apadrinó para seguir atornillado en el poder al mejor y funesto estilo de las dictaduras.

Coletilla. Gracias, presidente Juan Manuel Santos, por el proceso de paz que se afianza con todas las dificultades propias de este tipo de sucesos históricos. Lástima que su estrategia le falló al convocar a un plebiscito que resucitó a Álvaro Uribe Vélez, que ya venía en franco declive.

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