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El dolor como diversión

28 de enero de 2020 - 12:00 a. m.

No hay descanso para los campesinos, como no hay para el indígena, como no ha habido nunca para las mujeres, para los árboles y para los animales. Hay un empeño en destruirlos, en establecer su muerte como una garantía de vida.

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Nací en un pueblo y en una región que festejaba la sangre derramada del toro y del caballo con gritos de miedo, seguidos de risas y aplausos cuando el mantero de la corraleja emergía de la polvareda de la plaza herido (pero vivo). Y a lo lejos el animal no tenía escapatoria porque en su desespero por quitarse las banderillas adheridas con saña a su lomo, arrastraba con el rejoneador o con las vísceras del caballo desde donde el hombre lo chuzaba para mayor dolor.

Estas escenas ocurrían sin el alivio que genera la ficción. Se podía toser por el polvo, oler el sudor de los hombres ebrios de desenfreno, se sentía el dolor de los animales convertido en furia inútil porque la superioridad del hombre se imponía. Este festejo del sufrimiento y de la muerte en la ebriedad más exacerbada del supuesto humano era –es– amenizado por la belleza del sonido de los clarinetes, de las trompetas, del bombardino, de los redoblantes, del bombo y los platillos que armonizaban para que existieran los porros que sonaban como la banda sonora de la fiesta del maltrato. Mi madre, una mujer cristiana socialista, era amante de las corralejas y era reconocida porque siempre estaba trabajando, excepto los días de enero cuando había corraleja. 

Una tierra que valida como verdades estas consignas: “Si no hubo muertos, esas fiestas quedaron malas”; “La Mojana, tierra ganadera”, es una tierra en el que sus habitantes –aunque la realidad de su relieve diga otra cosa– dan la bienvenida y respaldo al capataz, al patrón, al dueño de inmensas extensiones de tierra para cultivar ganado que luego matará para que sus habitantes vivan muriendo. Aunque sus tierras posean 12 metros de profunda fertilidad porque las crecientes coadyuvaron a que florezca y germine cualquier semilla que se siembre. No es la agricultura más allá del arroz, del sorgo y del millo la opción. Es la carne, y si es de búfalos que no demanda gasto de sal y su carne pesa más en el mercado, tanto mejor. Basta recorrer las tierras que posee en corregimientos del municipio de Sucre, cierto eminente expresidente y hoy senador.

He allí las categorías que hacen parte de una tradición atrabiliaria: hombre macho-ganadero-terrateniente. El campesino, la campesina, el indígena, las mujeres, los árboles, los animales no tienen espacio favorable en un mundo estructurado con estos imaginarios convertidos en tradición. Es decir, normalizados y blanqueados por la fe cristiana que es entendida, no como un discurso liberador, sino como una doctrina del dolor y de la muerte.

Coletilla. Es triste, tristísimo ir al Parque Panachi al pie del hermoso Cañón del Chicamocha y ver a las cabras reducidas al no salto, al estatismo de caminar. La imaginación se debe afinar para aceptar que los animales que somos trabajamos para obtener esa ilusión llamada dinero que pagará por ver el dolor del avestruz enajaulada; la inercia del chigüiro que chapalea en un barro que él sabe ficticio o el silencio y la rendición del canto derrotado de la guacamaya.

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