Fue llamada a Rectoría una amiga profesora porque estaba leyendo con sus estudiantes de undécimo grado (que, a la sazón tenían entre dieciséis y diecisiete años) una estupenda crónica de la periodista Marta Ruíz titulada “Fiesta de sangre”. La Rectora instó a la profesora (de manera soterrada) a exponer las razones que la llevaban a cometer semejante atentado contra el idioma y el currículo establecido en aquel colegio que, hasta antes de la llegada de ésta, la profesora sabía que era librepensador. ¿Qué significa esto? ¿Cómo es posible que usted lea con estos niños semejantes historias? ¿Qué clase de profesora es usted? Planteó la Rectora. Y acto seguido leyó en voz alta de las fotocopias que sostenía en sus manos: “Con una pistola en la mano, y un puñal en la otra, el ‘Gallo’ buscaba casa por casa a la mujer que él creía era la novia de ‘Martín Caballero’, el jefe del Frente 37 de las Farc. El paramilitar costeño, gritón y vulgar, recorrió las calles de El Salado, un pueblo remoto incrustado en los Montes de María, dando patadas a las puertas y amenazando con sus armas a todas las muchachas que se encontraba a su paso.”.
Expiraba para esa época de la publicación de Marta Ruiz el segundo gobierno del expresidente, hoy preso en su cárcel inconmensurable y estaba en el apogeo de su popularidad, es decir, era el tiempo de Vive Colombia, viaja por ella. Se “podía ir a la finca” aunque sólo tuvieran finca dos o tres mil colombianos porque el resto había inaugurado su vivienda a orillas de los caminos o en los barrios de invasión; o empezaba a abonarse la tierra con la sangre y los huesos (como hoy) de miles de inermes colombianos. Pero ante la mirada de la Rectora, quien había cometido un acto censurable era la profesora y con un poco más de análisis, la periodista que describía esos horrores existiendo tanta belleza en el país para reportar.
Desde entonces observo que el enemigo no es quien asesina, sino quien denuncia el crimen. El enemigo no es quien da la orden de asesinar a los jóvenes que protestan, sino, el senador Gustavo Petro (por ejemplo) que llama a las cosas por su nombre: Abuso policial, crimen de Estado.
Hoy que leo a las personas que comentan en este diario un titular sobre lo duro que fue para el hermano del asesinado Javier Ordóñez leer su necropsia, pienso que hasta que no superemos esa barrera mental (y lingüística) de reconocer responsabilidades, resulta muy difícil la construcción de un país que deje de sentir miedo porque no es capaz de asumir sus verdades. Doscientas catorce respuestas generaron la frase en el foro de El Espectador sobre la nota antes mencionada, la persona decía: “Huy q veneno el q tienen en el corazón esos del espectador gazzz… (sic)”. El horror vivido por Javier Ordóñez, el que ahora viven sus familiares al enterarse de las múltiples torturas a las cuales fue sometido antes de morir, no son venenosas: es la nota de El Espectador que lo narra, lo censurable de acuerdo a la perspectiva de la forista.
He aquí la inversión ética mediada por la fuerza del lenguaje. Hay que no nombrar, hay que nombrar con eufemismos, porque ya se sabe: si no se imagina (en la imaginación estamos fundando la realidad porque le damos una palabra), sino se nombra es como si no hubiera existido.
Y si atendemos con rigor, en nuestra historia de treinta años atrás hay palabras que han sido vilipendiadas o excomulgadas: verdad, perdón, memoria, reconciliación y acuerdo. En cambio, otras gozan de una casi unánime aceptación que hace que se habite en ellas: la mentira, el castigo, el olvido, la enemistad y el desacuerdo.