Escuchar es una rotunda manera de leer.
Aunque este sea el siglo de hablar y escribir, escuchar y leer, esas habilidades comunicativas tan desahuciadas hoy en día, volverán porque son tan vitales como el agua y el sueño que sostienen la vida.
Escuchar al otro: próximo o lejano, como quien lee con real interés la historia que tiene para narrar, historia escrita con las metáforas o imágenes que son las manos del hablante sordo. Escuchar para disfrutar los diferentes cambios de tonos del conversador avezado que adorna sus palabras con el histrionismo de sus gestos y del cuerpo o con la picardía que destellan sus ojos.
Escuchar también al lerdo o al mitómano para leer sus incoherencias maquilladas retóricamente, para entender como sus palabras son un manantial por donde transcurre el agua turbia del engaño y entender sus motivos y decidir si nos dejamos arrastrar por ellos hacia el abismo que fabrica en la defensa de sus miedos y perversidades.
Qué bueno escuchar para leer; y no para responder o replicar o imponer mi discurso. Y mucho mejor: qué bueno deponer las armas tecnológicas, es decir, guardar el móvil, la tableta y devorar a mi interlocutor con los ojos y una sonrisa atenta que consiga atraerlo hacia mí para que yo sea atraída hacia él y renazca la flor extinta de la conversación.
Escuchar como un acto de reconciliación que abra caminos hacia adentro. Es decir, te escucho y te asumo; me escucho y me asumo. Otro gallo nos cantaría si rescatáramos el arte de escuchar y dejáramos descansar a la vocinglería que nos hace actuar como rebaño.
Escuchar para adquirir certezas, para no tenerlas; escuchar para sacudir las cucarachas del prejuicio y armar y rearmar el rompecabezas. Escuchar para atenuar el ruido y detectar las verdades a medias, las ocultas, para leer con tino cuándo nos utilizan y cuándo creen verdaderamente en lo que somos capaces de conseguir. Repito: otro sería nuestro destino como sociedad, como nación si escucháramos como quien lee para aprender y entender.
Cada voz un libro. Con portadas que son un desastre, pero que al abrirlo se dejan venir con justezas y precisiones que sólo la curiosidad y la valoración real nos permite descubrir. O al revés, un libro precioso, de lujo, bien puesto y al alcance de todos, pero que una vez escuchado cae en el silencio y la desilusión que provocan los vacíos y las farsas.
Hay tanto libro por escuchar en este tiempo incierto de Colombia. Y también, a qué negarlo, hay urgente necesidad de afinar esos otros ojos que son los oídos para que una vez escuchadas las cacofonías, tomemos las decisiones de hablar y decir: No más, sus palabras no son mejores que el silencio, así que por favor: ¡Cállese!