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La dignidad del fracaso

23 de mayo de 2016 - 09:49 p. m.

El escritor Germán Espinosa nos dejó dicho: “sin nosotros, no serían excepcionales, / ¡oh triunfadores! Sin nosotros, vuestro mundo/ victorioso, resultaría monótono y frío”.

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Los perdedores, es decir, aquellos que soportan con ascetismo la exclusión y la periferia, muchas veces no se dan por enterados de su estado. Porque no se sienten fracasados. Eso de ganar y de perder, esquema de vida entronizado por el enemigo invisible de estos tiempos que padecen como norma de conducta la competición desaforada, no es para ellos. La vida está ahí para vivirla o para morirla, sin las premuras del éxito o la figuración.

A cada quien le ha sido dado su porción de felicidad, de reconocimiento, de lectores. Hay quienes se pasaron la vida vendiendo carretilladas y carretilladas de naranjas, como aquel Juancho Perico de mi infancia que nos obnubilaba con la pericia de su cuchillo: pedazo de filo luminoso que no se permitía herir la pulpa del fruto, ni la mano del oficiante, para deleite de nuestro paladar y admiración de nuestros ojos. Fue un triunfador, sobrevivió a la pobreza, aunque haya tenido carencias toda la vida.

De todos los oficios, el del panadero, es, en su anónima grandeza, uno de los que ha sostenido el mundo. Es decir, al estómago del mundo. Y el panadero no se envanece, ni alardea por la exquisitez que va regando de paladar en paladar. Su figuración no necesita de la fama, está ahí como algo natural y necesario. También sostiene el mundo el panadero, aunque no encaje en la maratón por el éxito que hoy se corre.

Igual sucede con el maestro y con el escritor que se mantiene en lo esencial: dar luz, aunque los reflectores no los alcancen.

Pero en estos tiempos en que en apariencia vivimos ultra comunicados, hay una pandemia llamada frivolidad que impide tener una postura comprometida y que se aleje de la falta de seriedad. La frivolidad como principio, se erige victoriosa en una sociedad en la cual, los actos se encuentran a kilómetros de distancia del discurso.

La credibilidad se pierde, cuando los hechos contradicen las palabras. Y esta actitud le quita dignidad al acto de fracasar.

En la desaforada búsqueda del éxito, el fracaso, entendido como oficiar la vida de manera anónima, ofrece al perdedor la tranquilidad de no ser el personaje digno de imitar, así se ahorrará la excomunión del principiante. La pureza del fracaso permite el desconocimiento de la máscara y de la servil lisonja. El fracaso permite la coherencia en cada acto cotidiano, porque no se tienen grandes pretensiones, aunque lleguen (sin querer) las bendiciones.

No hay afanes, no hay pretensiones, es la única certeza la incertidumbre. El fracaso no excluye a nadie; es tal la dignidad del fracaso, que es un estado casi ideal para comprenderse a sí mismo y al otro. Sería bueno que en Colombia nos dejaran fracasar una y otra vez, pero nos dejaran hacerlo estando vivos.
 

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