Los colombianos que se autodenominan uribistas llevan mucho tiempo alejados del raciocinio, alejados del acto de atender; cuando digo el verbo “atender” lo relaciono con el nombre “atención” y me refiero a estar atentos: tomar en consideración, abrir los ojos, estar en la mira y prestar atención. Leer con ojos, oídos, tacto y boca las actuaciones de los personajes a quienes siguen y de aquellos que les resultan inapropiados. Llevan estos colombianos, digo, largo tiempo inventándose argumentos para defender lo que presenta profundos obstáculos para ser defendido. Niegan los hechos con estribillos que, de no ser porque han cambiado el curso de acontecimientos en nuestro país —el plebiscito, la elección del presidente, la consulta anticorrupción—, serían considerados ingenuos. Poco les importa caer una y otra vez en la contradicción. Desatienden si se les enfatiza en una y acto seguido incurren en otra. El fruto de esta cosecha inane es un discurso desarticulado, un verdadero embrollo, una masa viscosa en la que no se vislumbra sino una acumulación de borujos mazacotuda.
Nunca había sido tan degradada la lengua española. Se han conseguido una capa de invulnerabilidad a toda crítica; han perdido todo miedo y pudor al ridículo. Ni los dirigentes, ni los habitantes de estas sectas saben responder de manera prudente a preguntas como esta: ¿Por qué si existen estudios serios y comprobados que indican que el glifosato no ha disminuido el cultivo de coca, en tanto afecta la salud de los habitantes del campo, el Gobierno actual lo entroniza como su programa bandera en la lucha contra el narcotráfico? ¿Por qué si el titular de la cartera de Hacienda ha sido protagonista de negocios turbios durante el gobierno de Uribe y son de conocimiento público sus conflictos de intereses para aspirar al cargo en el nuevo gobierno, se insiste en que permanezca como jefe de uno de los ministerios más determinantes de un gobierno? ¿Por qué el Gobierno del presidente Duque entroniza una política moralista de penalización de la dosis mínima, mientras a 40 días de su gobierno ya han asesinado a 34 líderes sociales y para este genocidio no hay un plan de gobierno efectivo?
En las respuestas guerreristas y megalómanas de dirigentes del Centro Democrático se lee cómo la lengua empieza a fundar nuevamente la realidad de la guerra que creíamos mermada: “Cayó alias David, jefe de las Guerrillas Unidas del Pacífico. Era el cabecilla de un grupo de disidencias similar al comandado por alias Guacho”, dice el senador Uribe en su cuenta. Y el presidente de turno responde: “Les quiero decir que se le va a acabar la guachafita a alias Guacho. Lo vamos a perseguir con toda determinación”.
Los colombianos somos, pues, conservadores de la c a la s con esa doble moral que castiga al jíbaro y al estudiante consumidor, pero se hace que no ve al gran capo y a los consumidores foráneos o de estratos altos; corruptos sin redención porque no basta con que 117 municipios hayan sido esquilmados por la gestión poco clara de un ministro y es necesario que continúe su labor de desmantelamiento del bienestar del colombiano que lo eligió. Y guerreristas, porque no hay posibilidad de vivir de otra manera. Por eso no existen en nuestra lengua española colombiana las palabras reconciliación, razonamiento, diversidad o equidad. En cambio tenemos una realidad embrollada y falaz, como su lengua.
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