Cuando se trataba de llorar, fluía el llanto de los ojos de cada habitante del pueblo. No era un llanto exclusivo.
Era un lagrimeo colectivo y nada excluyente. Y sí teníamos que reír, la risa también se apoderaba de nuestros rostros al punto de que muchas señoras se orinaban de tanto carcajearse.
Sin distingo de clase social se reía en aquel pueblo gracias a que de lunes a viernes a partir de las seis de la tarde, el chavismo se apoderaba de cada vivienda: como niños que éramos (y como niños los adultos) reíamos por las cachetadas que doña Florinda le propinaba a don Ramón; sufríamos con él la ausencia de plata para pagar la renta y veíamos cómo don Ramón se parecía a tanto paisano flojo, vaciado e incumplido. Encantados con la picardía de la Chilindrina, no entendíamos de dónde sacaba el Chavo tanta energía para sobrevivir sin comer y durmiendo en un barril. Todos queríamos saber dónde quedaba Tangamandapio; todos queríamos saber qué pasaba en el departamento de la Bruja del 71. Éramos chavistas consumados, de eso no cabía duda. Nos ayudábamos para serlo porque quien no tenía televisor se arrimaba a la casa de un vecino con mejor situación económica y tirados en el piso, reíamos y reíamos con las situaciones reiteradas hasta la saciedad nunca saciada.
Y en la semana cultural: ¡a escenificar capítulos de Chavo! Y el treinta y uno de octubre: ¡a disfrazarnos como Quico, como Ñoño –los gordos–, como Popis, como la Chilindrina, como doña Florinda, como Jaimito El Cartero!
Sí, éramos –somos, chavistas- Pero además éramos castristas. Y ser castristas, a diferencia de ser chavistas, nos arrancaba lágrimas. ¡Ay!: «Aprendí a llorar, aprendí a llorar! Cantaba a todo pulmón Verónica Castro, mientras movía su cabellera ondulada y nos miraba con sus grandes ojos gatunos. Verónica Castro quien nos enseñó desde muy niños que los ricos también lloran. ¡Qué sabiduría la de Mariana! ¡Qué alivio saber que el dolor no era exclusivo para nosotros! A las once de la noche, el pueblo se paralizaba con los sufrimientos de la pobre Mariana que nunca lograba sonreír y en cambio, derramaba tantas lágrimas. Esa muchacha se va secar de tanto llorar, decía mi abuela en medio de la humareda de su calilla. Mientras tanto, nosotros maldecíamos al intransigente Luis Alberto que no perdía oportunidad para desconfiar de su esposa. Sendos debates emergían al día siguiente de la telenovela. Qué cómo así fue a regalar al hijo, que por muy loca que esté una no regala al hijo; qué por qué es tan desconfiado Luis Alberto, acaso no conoce a Mariana. Nuestra educación estaba en manos de El Chavo y de Verónica Castro encarnada en la sufrida Mariana. El uno nos enseñó a conformarnos con tanta carencia que padecía –era célebre su eterna hambre– y la otra nos enseñó a llorar por amor.
Somos herederos de ese castro-chavismo, a qué dudarlo. Ese es el único que conocemos y que nos llegó por allá por los ochenta. Pasadas varias décadas, en la Mojana, se sigue viviendo al estilo chavista de una vecindad pobre y llena de adversidades, pero solidaria y feliz. Y las mujeres siguen pariendo y llorando por amor.
No hay otro castrochavismo, lo demás son los delirios de un loco fascista que se puso de ruana al país, a punta del negocio de la guerra.