Le escribo desde el cuarto piso de mi vida y desde un país cuyo único camino es la incertidumbre y el odio.
Ahora que no tiene con quien tomarse una tacita de café, me gustaría sentarme a hablar del garbo y elocuencia con que usted y el profesor Jirafales llevaban sus amores. Usted que siempre apareció ante su amado tal y cómo es: sin maquillaje, sin ambages, con unos horrorosos rulos que habrían de volver liso su cabello, cuando la ocasión para la elegancia se presentara.
Imagino su dolor doña Florinda. Imagino lo que es perder un hombre que la idolatró así, tal cual cómo es usted: iracunda, alcahuete con su hijo Quico; arribista y mal encarada con sus congéneres a quien despectivamente siempre considera la chusma. Pero él la quiso así, con todas sus arrugas, y el eterno delantal que la afea tanto. Por eso nunca faltó a la cita, tabaco humeante en una mano y rosas fragantes en la otra.
¡Ay, doña Florinda! Ya no habrán más visitas milagros. Ustedes que convirtieron la cotidianidad en un diario asombro: “¡Qué milagro que viene por acá, profesor Jirafales!” Y él, todo elegante y arrobado, le ofrece su humilde ramo de flores, de esas reales y olorosas; no icónicas y virtuales como las inalcanzables que apenas si se ofrecen los enamorados hoy en día.
Querida doña Florinda: gracias por sostener nuestra infancia en el arrebol de sus cursis y cándidos amores con el maestro Longaniza, porque la cursilería que ustedes nos enseñaron, mi querida doña Florinda, aunque condenada por la semántica a los predios de la extravagancia y la chabacanería, es el supremo arte de teatralizar nuestras emociones. Por ello a nadie le extrañaba ver cómo con cuánta facilidad su rostro pasaba de la siempre injusta ira que le despertaba el pobre don Ramón, a la idolatría que cubría sus facciones ante la presencia de su amado profesor Jirafales.
Entiendo que dos tacitas de café humean a la espera de su galán que nunca prometió ni concretó nada, porque los amores eternos son así, constantes pero etéreos. Lamento que un ramo de flores se marchite y no pueda ya llegar a sus manos para recordarle que usted no es la espina de la vecindad, sino la flor más preciada en el jardín que tenía por corazón el profesor Jirafales.
Doña Florinda temida y odiada por todos; pero idolatrada por el dulce ausente que la dejó viuda sin llevarla al altar con el que seguramente usted siempre soñó para darle un padre al caprichoso Quico. Ahora que el caballero de bigote endomingado, de espesas cejas negras, de vestido entero siempre impecable no está para llevarla del brazo hacia el altar aromatizado por el café que era su ritual del amor, déjeme decirle que acá en Colombia también estamos llorando al profesor Jirafales, nosotros que necesitamos más maestros probos y sabios y hombres respetuosos y cariñosos para ver si enderezamos nuestro sino trágico. Espero haber sido lo suficientemente cursi en esta columna-pésame que hoy le envío. Porque sé que hoy usted se encuentra como el personaje del poema de Idea Vilariño:
«Uno siempre está solo
pero
a veces
está más solo».