En estos tiempos en que están de moda los discursos en torno a los precandidatos y candidatos a la Presidencia de la República, hay una puesta en escena de la mentira, el insulto, la infamia y los argumentos emocionales sin filtro; tras bambalinas están el director y los guionistas. Es posible entonces ver cómo esos guionistas son, en muchos casos, los maestros, la familia y el contexto en el que fueron educados los protagonistas de estos discursos en los que se prostituye a la razón y a la imaginación.
Basta leer los foros en la redes sociales; los comentarios que esgrimen al “analizar” una columna, un informe o una noticia en las versiones online de diarios y revistas; los tonos insultantes en los grupos de guasap conformados por familiares, compañeros de labores o excompañeros o grupos unidos por cualquier razón con tal de estar conectados.
Esta manera de argumentar empleando fotomontajes; memes falsos (argumentos falaces); cuadros estadísticos arbitrarios sobre encuestas de intención de voto; memes agresivos como aquel en el que un perro deposita su cagada sobre un afiche con el rostro del senador Álvaro Uribe; frases hechas como “sigue creyendo”, “respeto tu opinión, pero no la comparto”, “este es un grupo de maestros, aquí no se habla de política”. Ofensas directas donde el lenguaje desciende a la vulgaridad más infame: “Uribestia”, “guerrillero triple…”, “facho de m…”, “paraco hp”, “comunista terrorista”; fragmentos de videos falazmente editados al mejor estilo de los sofistas (pero sin saber quién carajos fueron estos señores); confusión conceptual: en pleno siglo XX la gran mayoría de colombianos desconocen que es el fascismo, el socialismo o el comunismo y arman un zafarrancho conceptual que genera un caos interior y colectivo y ya se sabe que el imperio del caos se sostiene gracias a ciudadanos ignorantes y asustados.
Jamás se cita y se comenta un fragmento del artículo de un columnista o de un libro recientemente leído o se esboza una idea que, aunque lleve errores de sintaxis y semántica, tenga al menos un soporte argumental; jamás una caricatura que emplee la crítica a través del sarcasmo y la ironía en lugar de memes diseñados con todo el mal gusto pictórico y la ortografía más perversa. Una franca incapacidad para leer en contexto, para emocionarnos menos y analizar más. Para inferir, por ejemplo, a qué clase social realmente pertenezco y de acuerdo a ello leer las propuestas de cada candidato y finalmente votar por él. Porque esa es mi decisión consciente y libre, no la guida u obligada por mi jefe, por el prestamista que dizque me ayuda a cultivar la tierra o a sostener el negocito que me da para malvivir en un país desindustrializado.
Esta puesta en escena incoherente y falaz desenmascarada en estos tiempos, es un indicador, una evaluación de la mala educación que la escuela, la familia y los medios masivos de comunicación han desarrollado a lo largo del siglo XX, uno de los más atroces en nuestra reciente historia por la cantidad de guerras. Digo esto último, porque a pesar de saber sobre el imperio de la muerte entronizado en el siglo XX, persistimos en él. Para la muestra esta felicidad casi genética por el uso del insulto, antes que por el empleo de la razón y la imaginación.