En los municipios y veredas del departamento Sucre es posible hallar ciertos tipos de comportamientos femeninos que han prevalecido a pesar de los avances históricos de la mujer.
Ese es otro mundo en el que las actitudes de las mujeres responden a la tradición de ser objeto y no sujeto que construye una vida, un destino. Por eso sigue existiendo la esposa aguantadora y empoderada por la casa propia y el marido que siempre regresa así haya dejado su ser en la parranda y en la cama de la moza.
Es cierto que desde hace unas dos o tres décadas las mujeres de esta región del país pueden ir a la universidad, pero también lo es que la mayoría de las veces el título termina como un adorno y que el verdadero sueño sea tener una casa, un marido y mínimo dos hijos. Entre la esposa y la moza no hay término medio para nuestras comunidades. Se es la una o la otra en una tácita aceptación mutua. Pero aquella que decide no casarse no es bien mirada.
Mejor suerte tiene quien se lía libremente o tiene un amante. Porque aún prevalece el estigma que encierra la frase de «mejor puta que lesbiana» Y en este punto, las madres prefieren ver casadas a sus hijas con hombres que las maltratan a aceptar que vivan en una armónica relación con otra mujer. Esto es inconcebible, no está dentro de las probabilidades. Por eso muchas terminan ignorando adrede su preferencia sexual o cumpliendo el sagrado deber de casarse y fundar familia; otras, más decididas,
La vida gira en torno a Dios y a la Biblia, al fútbol, a la televisión (y ahora al FB y los móviles inteligentes), a la parranda, al trabajo y a los debates alrededor de la política. Debates cuyos argumentos provienen de emociones exacerbadas que defienden al político pródigo en beneficios personales, antes que en soluciones colectivas para estos pueblos bellos y desamparados. El mundo de afuera es el resto de la Costa Caribe y también la lejana Bogotá en donde se fabrica la vida desde una visión equivocada y desconocida de lo que sucede en la periferia.
A pesar del Facebook, de los teléfonos inteligentes, de opciones cada vez más claras de educarse, las mujeres en Sucre tienen aún poca opción de construir su proyecto de vida. Y esta condición se agudiza entre las campesinas y las clases medias y se fortalece con el actuar de las clases acomodadas que persisten en vivir como en tiempos coloniales.
La mujer que sostiene esta rica región, la misma que sostiene la casa así en tiempos de paz como en los de guerra (que han sido más), no es una princesa que puede escoger, como en el bello cuento La princesa que escogía, de la autora brasileña Ana María Machado. No es esa princesa que puede decir no y vivir encerrada en una torre con biblioteca –como en el cuento– o vivir en un balcón desde donde concluya que no existen dos o tres verdades, sino tantas como países, o costumbres, u oficios, o maneras de ser feliz.
Según esa bella y arbitraria rama de la lingüística que es la etimología, la palabra escoger proviene del latín eligere (arrancar eligiendo) y el verbo legere (escoger, leer) y en el significado de legere también encontramos inteligencia y sacrilegio. Creo que es tiempo de que ellas empiecen a escoger, o lo que es semejante: es tiempo que empiecen a cometer sacrilegios inteligentes.
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