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Sobre el consuelo

31 de marzo de 2020 - 12:00 a. m.

Ha dicho el papa Francisco en la Oración por la Humanidad que la tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad, que además hace caer el maquillaje de nuestros estereotipos y de los egos empleados para aparentar. Ha usado el papa la metáfora de la tempestad tomada del evangelio en el que Jesús y sus apóstoles están a punto de perecer sobre una barca para nombrar la pandemia que vivimos.

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No se trata de ser católicos o no ante la aparición del papa Francisco. Se trata, como en mi caso, de encontrar sensatez y confianza en medio de la tempestad y ello consiste (creo) en hallar la mejor puesta en escena que nos obsequie las certezas perdidas. Muchos seres hoy confinados acuden a la música, al deporte en casa, al humor, a los libros, al arte de cocinar, a la oración con su Dios, a realizar por fin el sueño de dormir, a asomarse al cine, a ver con otros ojos y darse cuenta de qué otras maneras es la vida.

La Oración por la Humanidad es un paliativo tan esencial como cualquiera de los antes enumerados. Y es un discurso puesto en una magnífica escena con la actuación de uno de los más universales personajes: el papa Francisco, el mismo creador de la encíclica “Laudato si” tan bien recibida por católicos biempensantes como por ateos, mientras que el escozor invade al ala ortodoxa y neoliberal de la Iglesia Católica: “Cada año desaparecen miles de especies vegetales y animales. Por nuestra causa, miles de especies ya no darán gloria a Dios con su existencia ni podrán comunicarnos su propio mensaje. No tenemos derecho”. Y es cierto, si aman a Dios, si creen en él, porqué solazarse con el dolor de los animales creados por él, a los que además Francisco en el capítulo uno reconoce como seres sintientes que “no darán gloria a Dios”.

Ahora Francisco ora por la humanidad que se debate entre el vivir y morir. Diríase que estos son los dos únicos caminos conocidos. Es verdad. Pero esta muerte de ahora es inédita por cuanto está enseñando a vivir. Nos otorga tiempo (en palabras del papa) para separar lo que es necesario de lo que no es. Las guerras atávicas que ya son una costumbre de la humanidad consisten en matar al otro para apoderarme de sus tierras, de su fuerza de trabajo, para esclavizar, para reinar subyugando. Esta pandemia es una guerra inédita porque desnuda que nuestras vidas están sostenidas por seres a los que hasta entonces habíamos invisibilizados: los médicos, los camilleros, las enfermeras, los administradores de oficinas necesarias (no burócratas), los y las aseadoras, la fuerza pública.

Nadie se salva solo, sostiene Francisco. Frente al sufrimiento se mide el verdadero desarrollo de nuestro pueblo, continúa el papa. Y remata: no somos autosuficientes. Pero aún con estos certeros llamados a reconocernos en el otro y abandonar el egocentrismo, Francisco clama por el consuelo: “Consuela los corazones”, y es ahí donde su oración cobra trascendencia y se me antoja entonces como una verdad que hay considerar: La palabra consuelo implica dar  alivio a una pena, cuando eres consolado te calmas, te apaciguas, encuentras solaz. Creo que la resurrección del acto de consolar y consolarnos va ayudar a sobrellevar este caos.

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