Te cuento, madre, y no me lo vas a creer, que Verónica Castro está tan poderosa como en los tiempos gloriosos aquellos en que sus ojos de Mariana lloraban a mares para enseñarnos que los ricos también lloran. Claro que ahora no se necesita trasnochar para saber si finalmente aparecerá Nandito o si Luis Alberto perdonará la locura que hizo que se extraviara el hijo. Ahora existe Netflix, mami, una empresa comercial estadounidense de entretenimiento que proporciona, mediante tarifa plena mensual, transmisiones de películas y series por internet y podemos ver cada episodio a la hora que deseemos. Nada de aquellos tiempos en que se iba la luz de la plantica eléctrica del pueblo a las 12 de la noche y quedábamos bien aburridas esperando para saber qué había pasado, hasta el día siguiente que la vecina de enfrente nos contara, porque ella era adinerada y tenía un motor para prender el televisor, el abanico y dormir con luz y fresco, y tú te negabas a que fuera a molestar a esa hora en casa ajena.
Pero, en fin, no nos dispersemos. Te cuento, madre, que volvió por Netflix Verónica Castro. Digo Verónica Castro porque ella, al contrario de María Félix que se convirtió en uno de sus personajes, ella, la Verónica, siempre es Verónica Castro así interprete a las sufridas Mariana Villarreal, María Elena del Junco o Leonarda de Ruan en Pueblo chico, infierno grande.
Ahora es Virginia de la Mora, la matriarca de La casa de las flores. Y en lugar de desahogar las penas causadas por mantener, cueste lo que cueste, “el qué dirán” llorando a mares, busca alivio en su relajante pipa cargada de mota de marihuana, si la vieras, madre, da un gusto verla fumar sus porros sin nadie que la cuestione porque ella se apresura a afirmar que “está libre de sangre”, que ella no es ninguna narcotraficante. Da un gusto verla decir groserías con la misma gracia que expresa frases sentenciosas. “¡Hijo de la chingada!”, “Miren, hijos de su madre, cuando tengan hijos se van a acordar de mí”.
Ay, madre, me imagino la cara que habrías puesto, este mundo está loco, habrías dicho. Porque Virginia de la Mora —la Vero— adora a su hijo bisexual, pues para ella ante todo está la unión familiar, qué es eso de echar de la casa al hijo marica o al esposo infiel o a la hija que decidió casarse con un “negrito”. ¡Ay, Dios mío, este mundo se va acabar!, habrías dicho. Porque si se acaba el melodrama mexicano, quién sostendrá entonces nuestra educación ética y moral.
Pero, mami, no llora ya Verónica Castro, se ríe mucho, guarda las apariencias, no es tonta ni se la deja montar del marido infiel, antes ella le hizo el gol primero con su hija mayor —así como una de tus amigas—, la fantástica Paulina a quien habrías adorado, porque me habrías dicho: ja, esa se parece a Fulanita de tal en Majagual, igualita, hasta en el modo de hablar. Y ya no existen verdades ocultas por años. Ahora, en La casa de las flores, más demora en ocurrir una infelicidad o una infidelidad que todo el prestigioso sector de La Lomas en enterrarse.
Así como en el pueblo, como en la región, como en el país. Que nadie sabe, pero todos lo saben, porque finalmente lo que importa es guardar las apariencias, así todo el interior esté desmoronándose. Ha evolucionado el melodrama mexicano madre, y ahora nos hace reír, mientras tanto en Colombia seguimos en el siglo XIX listos para llorar a mares como hacía antes Verónica Castro; sin embargo, nadie nos quitará la risa, ni las flores.