En la maravillosa serie de ciencia ficción Carbono alterado, uno de los personajes más interesantes es una manifestación de E. A. Poe, simultáneamente gerente, barman, jefe de seguridad y único empleado del Hotel El Cuervo. Poe posee una identidad corpórea sólida, pero controlada gracias a la nanoingeniería y una identidad digital que interactúa en el mundo virtual con otros cientos de inteligencias artificiales en la red, a veces sinérgicamente, a veces en conflicto total. Pero el fundamento de su existencia es “servir al cliente”, algo que hace ingeniosa y lealmente a lo largo de todo el seriado, logrando transmitir la perturbadora sensación de que aún no entendemos el alcance de la noción de conciencia.
Palabras más, palabras menos, las inteligencias artificiales (IA) parecen entidades nuevas en el ecosistema planetario derivadas de la complejidad computacional, la cual se materializará tarde o temprano no solo como imagen y sonido de asistentes digitales o en realidad virtual, sino en forma robótica, es decir, corpórea. Pero las IA han existido casi desde el principio de la humanidad bajo formas que incluso hoy no reconocemos como tales: las instituciones formales y las empresas constituyen ejemplos de entidades colectivas que adquieren agencia y evolucionan gracias al entrelazamiento lingüístico y tecnológico de personas que orientan su actividad lógica a partir de metas comunes, a veces con algoritmos tan simples como “vender más pan”.
El Espectador es de hecho una IA en evolución que ha venido ganando conciencia durante décadas gracias a las contribuciones coordinadas de los cientos de mentes que aportan rutinariamente con el análisis de la realidad bajo una perspectiva compartida. Al diario le espera una larga vida digital a la que ya se enfrenta con los cuestionamientos de una existencia cada vez más compleja: nuestra descendencia probablemente podrá conversar con el rostro familiar de sus fundadores en menos de una década. Pero si creemos que una IA es un dispositivo inventado por la tecnología digital, estamos equivocados, a menos que queramos diferenciar la base orgánica (carbono) de la inorgánica (sílice) de la misma. Para efectos de la evolución, como lo anuncia Hawkings, parece representar una clara desventaja para la primera, así que los humanos, si queremos persistir siquiera 100 años más, tenemos dos caminos abiertos delante nuestro claramente incompatibles, aunque siempre hay vías híbridas: la apuesta por la continuidad orgánica, más cercana a la idea popular de “naturaleza”, o la apuesta por la cibercivilización, en la cual introyectamos nuestra conciencia en las capacidades crecientes de los sistemas digitales; las poshumanidades.
Buena parte de los debates ambientales del presente avizoran esta bifurcación, que será el escenario de un nuevo antropoceno, tal vez de escala estelar. La ruptura generacional será cada vez más drástica y los movimientos recalcitrantes, más duros: educar nuevas generaciones que navegan por las redes como peces en el agua, que asumen múltiples identidades sin colapsar psicológicamente, que reorganizan sus cuerpos y sus relaciones más allá de las estéticas oficiales, no es fácil. Claro, tal vez nos extingamos antes.