Mary Shelley nunca imaginó que 200 años después de haber dado vida a su criatura desolada estaríamos discutiendo en forma los derechos de las personas a coserse o descoserse una o más “presitas”, para citar solo uno de los eufemismos morbosos del patriarcado con los cuales se inventaron la espantosa práctica del mercadeo de una forma de belleza funcional al poder, los reinados y las misses. Se juntan todos los anacronismos de la construcción cultural del género en eventos que buscan mantener sujeto el cuerpo a la moral del poder machista, con un lugar en la historia más bien infame que gozoso, pues lograron convertir el erotismo vital de carnavales y fiestas populares en un modelo dictatorial de consumo, donde “lo mujer” busca ser una verdad oficial fatal.
Que ciertas personas se expongan durante meses en un concurso de “fitness” es un relicto del darwinismo social, pues ninguna señal hay en las apariencias de nadie de poseer mayores o menores capacidades en nada. Lo único que podría decirse a favor de los reinados está precisamente en señalar su misma inutilidad, denunciada en el acto paradójico que implica la presencia de bellezas transgénero: no debería haber nada distinto al placer puro de la indagación estética en cualquier evento donde se exponga el cuerpo, pero su fundamento de “éxito” es una patraña. Por ello el reduccionismo de los reinados pasó a ser ofensivo, pues si pretendió alguna vez empoderar, hoy encadena; basta mirar el reinado permanente, triste y clasista que condena a miles de jóvenes a convertirse en “promotoras” o “adornos” en las instituciones.
Nada más maravilloso del mundo contemporáneo que la pasarela de las calles donde la humanidad se da el lujo de expresarse como le viene en gana, segura de que estar histerectomizada o mastectomizada, vagino o faloplastizada no hace a nadie más o menos mujer/hombre ni cambia nuestros derechos, aunque sí nos hace dueñas a todas las personas de una diferencia sensible con la cual ayudamos a entender el mundo. Por ello es indispensable el respeto total del Estado y las instituciones a la libertad de cuerpo y género, a garantizar las condiciones de educación equitativa y de acceso a la salud para todas y cada una de las personas, incluidas las garantías para quienes se ven en la dolorosa necesidad de abortar. Porque el cuerpo no es propiedad de nadie, ni siquiera de quienes dicen amarnos y hacen a veces tan difícil la construcción de un concepto consistente del respeto.
Recordemos que Shelley se sentía tan mal como su criatura, abandonada y discriminada, que sintió la soledad como el peor castigo, pero al tiempo la valoró en extremo por no condescender con el régimen estético de nadie, la fuente de sentido que trae el arte a la existencia. A las misses en competencia, a mis amigas y amigos trans, mi invitación a jugar cuidadosamente con las piezas que nos hacen cuerpo y gente, para no reforzar los patrones de exclusión y las jerarquías que asociaron en el pasado la superioridad moral con la anatomía, aún presentes en la imposición de un modelo de familia o en la distribución de los derechos de las personas en la sociedad.
¡Más divertido devenir criaturas míticas que esclavas o cómplices del mercantilismo!