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¡Vacuna!

23 de julio de 2020 - 12:00 a. m.

Seamos optimistas e imaginemos que, así como el COVID-19 nos atacó por sorpresa y nos encerró en unas pocas semanas, la llegada de la vacuna se comportará de manera equivalente y para final de agosto el riesgo de contagio y muerte se haya reducido a niveles insignificantes.

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En este experimento mental, la velocidad de respuesta tecnológica llegaría a interferir con los procesos, más lentos, de lo institucional, lo que para efectos de este ejercicio podría traducirse en un nuevo ejercicio de indagación acerca del comportamiento social: una nueva perturbación que se sobrepondría a la que causó originalmente el virus y cuyas consecuencias habría que comenzar a explorar.

Podría pensarse que, una vez vacunados masivamente, todos saldremos a la calle en masa a respirar aire… de nuevo irrespirable. Seguramente a recuperar el tiempo económico perdido… de nuevo en el trancón. Tal vez, incluso, a tratar de divertirnos en masa, abandonar todo webinar y las clases virtuales o remotas, viajar para reconectar con la “naturaleza”, dejar de leer estadísticas maliciosas y tratar de despejar la mente de lo que consideraríamos los 100 o 200 días de una pesadilla de la civilización que quedará consignada en la memoria de cada quien según le correspondió vivirla.

Pero podría pensarse que también muchos de los efectos de la pandemia y la reclusión cambiaron cosas definitivamente, algunas para la especie humana, otras para las distintas sociedades que la componen. Y en un arrebato de positivismo, reconocer que muchas de ellas fueron producto combinado de la reacción adaptativa, que revolucionó los sistemas hospitalarios y el acceso a sus servicios, aceleró la transición digital de casi todas las instituciones facilitando trámites antes inimaginables, o cambió para siempre los circuitos y pesos de los sistemas de producción y consumo de alimentos, materias primas, medicinas, servicios educativos y tecnológicos. Reconocer también que la reflexión nos llevó a ser más conscientes de nuestras huellas ecológicas, de los problemas de equidad y vulnerabilidad en una sociedad diversa, del mismo concepto de riesgo y nuestra disposición a afrontarlo con más o menos responsabilidad.

En este momento de inmunidad sorpresiva podríamos medir qué tanta soberanía cedimos a los aparatos de seguridad del Estado y a qué costo, qué tan persistentes y eficaces fueron las propuestas normativas y la acción de los gobiernos, qué tan democráticas las formas de tratar la crisis, qué tan efectivas resultaron nuestras solidaridades, qué tan perdurables las redes que se crearon, qué tan sostenible el mundo de la pospandemia. O podríamos simplemente vacunarnos y tratar de fingir que nada pasó, asumir con austeridad el pago de las deudas, incluso volver a la protesta convencional, a la polaridad rabiosa previral y las luchas ideológicas más encarnizadas.

Es tiempo de prepararnos para ese momento de inmunidad promisorio, celebrar que la humanidad respondió con ingenio y todas sus capacidades para superarlo, pero no dejar de preguntarnos si de ello aprendimos lo suficiente para afrontar las verdaderas amenazas que trae el cambio climático, que ya nos muerde los talones, y que para nada serán tan leves como este COVID-19 ya familiar, que también nos deja la tristeza de muchas personas queridas que se fueron y una economía semidestruida; ojalá sea suficiente referente para transitar a un modelo menos peligroso y más sostenible de sociedad.

Fin del experimento mental, regreso al mundo webinar.

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