La globalización es un proceso sin marcha atrás; lo que no justifica suscribir tratados de libre comercio con pésimas negociaciones, como lo hiciera el gobierno Uribe con los Estados Unidos.
Frente a su inevitable entrada en vigencia urge revisar la ejecución de la agenda interna programada, hoy totalmente retrasada, y diagnosticar sin engaños la real competitividad de nuestros productos. Es absurdo que nos pronostiquen que con el TLC generaremos más de 400 mil nuevos empleos, mientras EEUU sólo espera generar menos de la quinta parte; proyectar una futura balanza cambiaria mucho más superavitaria es pensar con el deseo, si hoy no contamos con herramientas para competir frente a sus subsidios, tecnología, comunicaciones, menores costos de energía, gas, gasolina, peajes, infraestructura y logística. Por lo anterior, pronostico que a mediano plazo tendremos problemas de seguridad alimentaria, aumentarán los costos de medicamentos y pondremos en riesgo miles de empleos nacionales, al haber negociado de igual a igual sin tener en cuenta las asimetrías y no haber excluido sectores ni productos, por lo que no me arrepiento el haber votado en contra de su aprobación.
Nuestro tema de infraestructura es caótico. No sólo contamos con una incipiente red de carreteras, de las cuales tan sólo 860 km de nivel nacional son de doble calzada, sino que la gran cantidad de peajes sumado al elevadísimo valor de sus tarifas, las más gravosas del mundo, hacen que el costo del producto nacional pierda ventajas comparativas. La vía Bogotá-Girardot sigue en veremos y como esta hay varias que no están terminadas.
Los cuatro puertos por los que entran y salen el 95% de nuestros productos, no tienen sistematización aduanera, pues a la DIAN le faltan meses para terminar su implementación. La Superintendencia de Puertos brilla por su ausencia en el puerto de Cartagena, considerado el más preparado del país para los TLCs. El puerto de Buenaventura se encuentra prácticamente aislado por las obras y el mal estado de sus vías. ¿Cómo pretendemos integrar a Colombia con Latinoamérica, cuando nuestros departamentos se encuentran incomunicados por la pésima red terrestre, el inexistente sistema férreo y ni hablar de las nulas vías fluviales?
El 5% de la población colombiana, 2.3 millones de familias se encuentran sin servicio de energía; fuera de ser el más costoso de Latinoamérica, con 10 centavos de dólar por kilovatio-hora, que sumado a la “contribución de solidaridad” nos hace perder competitividad. El Estado no fortalece al ICA ni al INVIMA, como instituciones que guían, capacitan y protegen a los productores nacionales para traspasar las barreras no arancelarias. La exportación de frutas y verduras, tiene que pasar los filtros sanitarios americanos, derrotero hasta hoy inalcanzable para los agricultores colombianos. Estos factores de inequidad se acentúan con la renuncia de aranceles colombianos y al aceptarle a EEUU que siga subsidiando sus productos.
La lamentable consecuencia del desmonte de la protección arancelaria de cereales, carne, leche y del 92% de los demás productos, será la pronta extinción de los pequeños y medianos productores. El desmonte gradual al arroz, cuartos de pollo, vehículos y tratamiento de los medicamentos, entre otros, se llevará por delante la mediana industria y el agro nacional, reflejándose en el decrecimiento económico, aumento del desempleo y deterioro del bienestar de los colombianos. Como siempre, ensillamos las bestias antes de tenerlas y seguimos cantando victoria.
Senador de la República