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Universidades: autonomía rindiendo cuentas

08 de marzo de 2020 - 12:00 a. m.

La muerte de un colombiano espectacular, científico, académico, gran ser humano, como fue José Félix Patiño (JFP) permite abrir el debate de cómo una gran idea se va distorsionando, generando efectos secundarios perversos. El profesor emérito Horacio Torres, en un artículo en UN Periódico (No. 185, 10/02/2015), reconoce que la reforma que marcó las universidades fue la del profesor JFP. “… la conocida reforma definió la labor de la universidad como de investigación y docencia, con lo cual se ganó la autonomía académica universitaria, pero se perdió la importante y necesaria relación con el sector productivo”. La combinación de una autonomía mal entendida hasta el extremo de interpretarse como extraterritorialidad más un sistema educativo que paga fundamentalmente por oferta, esto es, dinero directo a las universidades (diferente del de salud, donde el Estado paga por demanda, por cada ciudadano atendido), ha derivado en un sistema de baja calidad e inequitativo, especialmente con las regiones y con los más pobres. Hoy cinco universidades se quedan con el 50 % de los recursos en desmedro de las otras 27 de las regiones y de los tecnológicos. El sistema NO premia la calidad y está desarticulado del desarrollo económico de Colombia, especialmente el regional. Cuando en la OCDE los niveles regional y local aportan el 35 % de los recursos para la educación, en Colombia escasamente llegan al 9 %. Las regiones tienen que aportar más.

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La autonomía no exime a la universidad pública de rendir cuentas sobre la cantidad de recursos que recibe e invierte en sus actividades misionales y el desempeño de todos sus estamentos, donde docentes, estudiantes y administradores deben ser evaluados y los resultados, publicados. Siendo enemigo de la burocracia, el sector educativo por su tamaño debería tener una superintendencia para vigilar la inversión de los dineros. Frente al desarrollo productivo, en un país con la diversidad y problemas sociales de Colombia, no podemos cuestionar la necesidad de una formación en humanidades, pero, mirando el número de programas por áreas de conocimiento, tenemos que los agrupados en ciencias, ingenierías, tecnología y otras afines son solo cerca del 30 % de la oferta, esto significa que los programas relacionados con sectores productivos reales de la economía son muchos menos que los humanísticos.

Además de la deserción que llega al 50% (en San Andrés este porcentaje se da en el primer semestre), existe un dramático problema de calidad, que está derivando en que muchas actividades laborales están relacionadas con el cumplimiento de la complejidad normativa creada, multiplicando actividades con mínima productividad. Yo exhorto a las universidades a que revisen y publiquen qué porcentaje de sus egresados fueron contratados en seis meses o menos y están laborando en actividades para las que se formaron. Un simple cruce con PILA permite averiguar lo anterior. En resumen, los crecientes recursos que amerita la educación superior deberían priorizarse en pagos por demanda, gratis para el estudiante, premiando calidad, pertinencia y regiones. Autonomía SÍ, pero rindiendo cuentas y pensando en Colombia.

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