LOS PARTIDOS SON ORGANIZACIOnes en las que sus dirigentes y sus militantes se someten a los estatutos que rigen su régimen interno y a los derroteros de sus órganos de dirección, dándoles prioridad a las convicciones.
Cuando hay identidad entre la conciencia de los afiliados y sus reglas, el funcionamiento de las colectividades políticas se ajusta a sus principios y al papel que les corresponde como cauces de opinión.
Ejemplo de esa concordancia lo vimos el último miércoles de agosto en la Convención demócrata, cuando la senadora Clinton, que había oficializado su respaldo a la candidatura de Obama un día antes, les pidió a los delegados que no se efectuara ninguna votación y se proclamara por unanimidad al poseedor de la mayoría. Las diferencias durante el pugilato por la personería del partido en las elecciones primarias habían quedado atrás, y la Convención atendió el pedido.
Cuando hay partidos organizados, y cultura política que soporta su existencia, no hay desbandadas. Los delegados que llegaron a Denver fueron a unirse en torno de un propósito que deja de lado los oportunismos y las deslealtades. Por eso, a nadie se le ocurrió torcer la voluntad de ningún participante en un sentido u otro, y lo que dijeron los desencantados electores de la senadora Clinton en nada influyó para que ella pensara en una actitud distinta de la que asumió.
Los discursos de la senadora Clinton y de su esposo constituyeron dos gestos de grandeza que los demócratas sabrán retribuir votando por un candidato que ha roto, con su abundante calidad humana, los patrones políticos del pueblo gringo. La presencia de Obama en la lucha por la presidencia es el fruto de una revolución silenciosa que sus seguidores reivindican como un logro de su misión histórica y como patrimonio ideológico de su partido.
En la trinchera republicana el señor Mc Cain pudo haber encontrado, con Sarah Palin en su papeleta, el aglutinante entre la derecha más radical de su partido y la línea moderada que él representa. Pero tres escándalos opacaron la sombra, la pestañina, la base y el pintalabios que el veterano le untó a una candidatura que tiene ya más lastres que méritos y que empiezan a reflejarse en las encuestas. El mismo conservadurismo de que tanto se ufana la candidata vicepresidencial dará buena cuenta, entre las mentes más reaccionarias, de lo que su elección por el candidato Mc Cain significaba electoralmente.
La prensa y los demás medios entraron en acción. Aparte de la decencia con que el alto mando demócrata comentó el embarazo de la hija adolescente de Palin, los editoriales y las caricaturas se vinieron en chorro, y juntaron a su caída el abuso de poder contra el cuñado, los tragos inoportunos de su esposo y un lobby para que el Congreso le aprobara un proyecto con qué financiar unas obras.
La decisión neurálgica se despeja más de lo que la aclaraban los estragos que en los últimos ocho años volcaron los republicanos sobre los presupuestos familiares, las necesidades en salud y educación, el cambio climático, la suerte de los inmigrantes, el empleo y las finanzas públicas. Tantas torpezas de Estado encaminadas a recrear el sadismo de los fanáticos que instalaron en el poder un cronograma de extravagancias, son el pasaporte que los demócratas tienen para hacer una nueva historia.
Si no se desanda el camino de lo que se ha retrocedido con Bush, el Tío Sam se hará el harakiri como si no tuviera más remedio.