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La Casa Grau

30 de octubre de 2008 - 08:15 p. m.

NO HAY DUDA DE QUE LAS FUNDAciones creadas para conservar en el recuerdo de los colombianos las obras de nuestros artistas más afamados, como el caso del maestro Enrique Grau, merecen apoyo y estímulo tanto del Estado como de los particulares.

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Gracias al empeño de la junta directiva de la Fundación Grau, presidida por Aurelio Martínez Canabal y dirigida por Mónika Hartmann, las ministras de Cultura Elvira Cuervo de Jaramillo y Paula Moreno comprendieron la importancia que tenía el museo que, el próximo 6 de noviembre inaugura el señor presidente de la República en la casa refaccionada del gran pintor cartagenero.

En efecto, la ex ministra Cuervo de Jaramillo aportó $200 millones iniciales para el proyecto de refacción, que no fueron suficientes por el estado de deterioro en que se encontraba la casa, y la ministra Moreno destinó $150 millones más para concluir los trabajos que guardarían el legado de su dueño y creador de la fundación. Legado valioso, ciertamente, pues la colección no sólo incluye obras del propio Grau sino de otros pintores célebres, y muchísimas piezas de arte precolombino, colonial, republicano y popular, más la biblioteca y objetos personales de su afecto.

Tal como se lo propuso el maestro Grau, la junta de la Fundación proyecta dedicar sus esfuerzos y los de quienes le colaboren en la labor de promoción, al cultivo del talento artístico de los colombianos. Pese a los avances que se observan en la formación de los nuevos valores de la plástica y la escultura, nuestros jóvenes artistas requieren algo más de lo que aprenden en las escuelas de bellas artes, y sólo en los bienes de interés cultural, como la fundación Grau y otras similares, es posible facilitarles ese complemento que, aparte de enseñanza y orientación, contiene sensibilidad y vida.

Lo importante de la Fundación Grau es que no podía quedarse sin un brazo en la tierra del autor, Cartagena de Indias, donde actualmente reposan los “doce bronces para la historia”, que son parte de su titánica labor escultórica, y que la Federación Nacional de Cafeteros exhibe en su sede de allá. Convendría, en tal virtud, que Cartagena y su clase dirigente se pellizcaran y contribuyeran a agregar al Hay Festival y a los magistrales conciertos anuales de la Fundación Salvi, una bienal de arte que arranque con una exposición de las obras de Grau y otros pintores cartageneros como Darío Morales, Hernando Lemaitre y Alfredo Guerrero, por ejemplo. Eso sí, que no nos dejen a los nativos sin boletas.

Justo es reconocer, también, el interés que demostraron el Congreso de la República y el Distrito Capital, con el fin de inculcarles a los colombianos devoción por la obra de un pintor como Grau. Prueba de ello fue la ley 930 de 2004, caso del Congreso, y la resolución 151 de 2005, caso del Distrito, declarando la casa-museo del maestro patrimonio de significación cultural. De esta manera, todo colombiano atraído por los logros de nuestros artistas aprecia mejor la tarea de clasificarlos y conservarlos.

Qué bueno es ver, revivida en el amor de los colombianos, la imagen de un talento que conquistó prestigio y admiración en una época en que pintores como Fernando Botero, Obregón, Ramírez Villamizar y Negret se lanzaron a la aventura de oponerle la vocación a las hostilidades del medio.

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