EL GRAN ENEMIGO, EL ESTADO, sacó la cara por los fracasos que el descarrilamiento del mercado causó en la economía norteamericana y, por ende, en la economía mundial.
Tan importante ha sido el salvavidas lanzado por el Estado, que los presidentes de Estados Unidos, el que sale y el que entra, terminaron sellando una presidencia bilateral transitoria (dos meses) con el fin de tomar decisiones que atajen nuevos estragos dentro de este proceso recesivo que resultó más grave de lo previsto.
El miércoles pasado la Reserva Federal anunció otro plan cuantioso de rescate, según el cual US$800.000 millones serían destinados a adquirir US$600.000 millones en activos y otros US$200.000 millones a subvencionar empresas de automotores, de tarjetas de crédito y de créditos a estudiantes. Es tanto, pues, el dinero necesario que el barril sin fondo de la guerra contra el terrorismo tendrá corta vida, a efecto de que la política económica, la internacional y la de defensa vayan, en adelante, de la mano.
No hay duda de que el consenso entre Bush y Obama tiende, después de tantos errores del primero durante sus dos gobiernos, a defender, con criterio bipartidista, una estructura institucional que ahora más que nunca requiere Estados Unidos para salirles al paso a los pronósticos sobre la declinación de su hegemonía económica y militar, pues Bush, por arrepentimiento, y Obama, por imperativo de conciencia, tienen en sus manos la suerte de dos siglos de tenacidad y desarrollo que están en peligro de desmoronarse.
A la prensa gringa no le ha gustado el cuentagoteo con que el secretario del Tesoro y el presidente de la Reserva Federal divulgan sus medidas de emergencia, pero la magnitud de las pérdidas, en especial las de la burbuja inmobiliaria, impuso un ritmo de trabajo y de soluciones complejo por ser variado el panorama de la crisis. Sin embargo, el señor Paulson aclaró que la naturaleza de una economía global urge reacciones igualmente variadas y rápidas, o sea, lo que su Departamento y la Reserva Federal han hecho hasta el momento.
De modo que el gran enemigo, el Estado, reapareció intacto para que las dos visiones políticas de la sociedad norteamericana, la conservadora y la liberal, sin el prefijo neo, buscaran el punto de equilibrio que el mercado desconsideró con incontinencias que merecían vigilancia y regulación. De ahí que Obama dijera, en su última rueda de prensa, que hay que parar el despilfarro para reducir el déficit presupuestal de su país, calculado en más de un billón de dólares. Son guarismos que nunca imaginamos como posibles al concluir el gobierno Clinton en el año 2000.
Habrá más Estado contra el salvajismo del modelo que se reventó en el vórtice de sus propios abusos y, complementariamente, otro rumbo desde un timón que anduvo sin brújula a causa de una alquimia explosiva de sectarismo político y fanatismo religioso con neoliberalismo irracional. Así se perfila un cambio en el cercano gobierno de Obama, y así lo aceptarían sus electores, preocupados por el desastre que Wall Street produjo y que el presidente Bush y su equipo permitieron como quien camina hacia un abismo con los ojos abiertos. Por fortuna, y aunque tarde, se avino a entenderse con su sucesor para paliar los efectos tenebrosos de su ceguera política.