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Solzhenitsyn

07 de agosto de 2008 - 08:44 p. m.

CUANDO AVANZABA, HACE AÑOS, en la difícil lectura del Archipiélago Gulag, de Alexander Solzhenitsyn, descreí de las entrevistas del autor con los sobrevivientes de los presidios y tuve la impresión de que ese gran clásico del siglo XX se había jugado una carta peligrosa publicando un artículo contra Stalin para que lo apresaran y poder conocer por dentro los horrores de un régimen que no respetaba derechos, valores, ideas y vidas. ¡Vuelos de la imaginación!

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Pero a medida que meditaba en lo que seguía leyendo supuse, con más serenidad que pálpitos, que el masoquismo no es una herramienta de las exigencias que el arte hace a los buenos artistas. O lo que es lo mismo, reconocí la sinceridad del ataque de Solzhenitsyn contra el antiguo seminarista de Tiflis, porque las pulsaciones morales de un artista puro y su dignidad rechazan el secuestro de la libertad humana por un Estado especializado en terror y represiones.

Denunciar los atentados que la anulaban constituyó, para el prodigioso escritor, un reto tan obligante como los gritos de su inspiración.

En silencio, y arriesgándolo todo, lanzó por los cielos del mundo el testimonio de su amarga experiencia. La barbarie estalinista le sirvió la oportunidad de demoler su herencia sin revueltas ni asonadas, con los mazazos de un talento provisto de autoridad.

El eco de sus palabras destapó una historia ignominiosa, cuyo efluvio maligno contribuiría a demostrar que las calumnias levantadas contra Marx se derrumbarían antes de los cien años de la Revolución Bolchevique. Un acto de rebelión que la Nomenclatura castigó con exilio, pese a que desde los tiempos de Kruschev se había iniciado la desmitificación del hombre de acero.

Solzhenitsyn representó el punto de referencia de un antes y un después de la Coexistencia Pacífica que advino con la Guerra Fría. A su clamor, más que a la estrategia de la desestalinización, le puso Occidente oídos y asombro. Merecía más credibilidad el hombre de genio que el buró político, y el Estado proletario empezó a flaquear por los fracasos de un sistema que tenía grietas profundas en la URSS y en los demás países incorporados a su imperio: Checoslovaquia, Rumania, Yugoslavia y el gigante chino.

¿Qué tanto influyó la denuncia de Solzhenitsyn en la conformación de la alianza Vaticano-Washington-Londres-Varsovia para desatar la lucha final contra la URSS y sus satélites? Pudo ser bastante, y algún trazo marcó en las debilidades que el fino olfato de Gorbachov observó en el Polo totalitario que recibió de Andropov y Chernenko para impulsar, antes de un estallido de protestas en todas las naciones de Europa Oriental, los cambios que desmoronaron la Cortina de Hierro. ¿No estaba dando Polonia el ejemplo con los primeros brotes de inconformidad de sus trabajadores? ¿No hervían de ganas los alemanes que tumbaron el Muro de Berlín?

Más vehemente que Pasternak, Solzhenitsyn no se resignó a renunciar simplemente al Premio Nobel sin explicar por qué se quedaba en Moscú y no asistía a su entrega en Estocolmo. El discurso que nunca pronunció, pero que apareció publicado a los dos años casi de la ceremonia, fue una bomba de tiempo que revolvió la ira de los escritores contra las dictaduras y los dictadores, y que repechó en América Latina contra Cuba y Castro. Escribir, pintar, componer y esculpir no podía ser, por los siglos de los siglos, un padecimiento forzoso, una injusticia de fanáticos con mentalidad de carceleros.

 

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