Ahora Juan Manuel Santos tiene en su cancha el balón de este gran lío en que se metió Colombia cuando sus propias instituciones, envilecidas con el clientelismo y corrompidas por esa vía, eligieron y reeligieron a extremistas tan peligrosos como Alejandro Ordóñez para la Procuraduría.
Y cuando también —hay que decirlo así lluevan rayos y centellas de los amigos del alcalde— votamos “para parar” a alguien y no a favor de la ciudadanía. Bogotá ha sido víctima de esta práctica: eligió a Samuel Moreno en 2007 para castigar a Enrique Peñalosa. Y miren en lo que terminamos. Eligió en 2011 a Gustavo Petro, cierto, por sus denuncias sobre el robo de los dineros de la capital por parte de los Moreno y su banda de contratistas y, además, por odio a Peñalosa, al que los votantes le han dado la espalda dizque por ser “mal político” y a pesar de que la ciudad, durante su administración, tuvo un vuelco de tal magnitud que, en contraste con el sentimiento local, pasó a ser un ejemplo mundial de urbanismo moderno.
Paradójicamente, la izquierda se unió con lo más granado de la clase alta bogotana para impedir que Peñalosa volviera a la Alcaldía, sin ninguna otra evaluación objetiva. Los resultados de sus esfuerzos están a la vista para mal de las causas populares que esa misma izquierda debería defender por encima de sus ansias de poder. No es un secreto que el enemigo número uno de los socios del Country Club fue y sigue siendo Peñalosa, a quien no le perdonan haber ordenado la entrega, para usarlos como espacio público, de los inmensos terrenos de sus canchas de golf, reservados para el disfrute de ese pequeño grupo. Nadie se acuerda hoy de las fotografías que daban cuenta de la elegante fiesta de esmoquin y vestido largo que le ofreció el Country a Samuel Moreno para recoger —con camuflaje— fondos para su campaña. Ni del esfuerzo soterrado que hicieron con empresarios amigos para aportar más dineros, tanto en 2007 como en 2011, con el fin de aplastar la campaña peñalosista. Lo curioso es que ninguno de los tres alcaldes que siguieron a Peñalosa, todos de presunta izquierda y él de derecha, se empeñaran en completar la entrega de esos terrenos que todavía se encuentran en un limbo jurídico del que esperamos no salir pagándole nosotros al Country por perjuicios económicos. ¡Lo último que nos faltaba!
Pero volvamos al escenario de hoy: han destituido y eliminado de la vida pública a Petro de mala manera y la responsabilidad, en el sentido más amplio del término, es un poco de todos. Tal como iba en su pésima alcaldía, iba a caer solito, por impopular. Ahora se va como un mártir y no sin razón, porque lo botó la ultraderecha de Ordóñez, de su sombra, Fernando Londoño (su hija, subalterna del procurador, conoció el proceso “jurídico” contra Petro, hágame el favor), y de otros conocidos de autos.
La revocatoria de su mandato, con todo y que era un recurso más democrático, fue impulsada por otro cavernícola. ¿Quién va a creer que el fallo en su contra no es político? Otro cantar es la conducta populista y desafiante de Petro, que viene incitando a sus partidarios a lanzarse al ataque aunque finja ser un pacifista. No estamos exentos, aún, de un enfrentamiento a sangre y fuego. A este escenario difícil se enfrenta el presidente de la República. De su tino depende lo que suceda en las próximas semanas durante las cuales puede complicarse más el estatus del alcalde si la Comisión Interamericana de Derechos Humanos le concede medidas cautelares. Para tranquilidad del país, esperemos que primen en el mandatario los intereses generales y el equilibrio que debe reflejar quien simboliza la unidad nacional. No quisiera estar en sus zapatos.