La bonita ilusión que tuvieron tres millones y medio de colombianos en la campaña presidencial de 2010 con la conformación de un movimiento al que le dieron fuerza los exalcaldes Mockus, Peñalosa, Garzón, y Fajardo que se les unió poco después, empezó a desvanecerse apenas pasada la jornada electoral, y en cuanto salieron a flote sus debilidades.
Pero como el espíritu humano se alimenta de sueños, las esperanzas de salir, por fin, de la dominación —y corrupción— del partidismo, resistieron un tiempo más, soportadas en la buena estela de los exmandatarios locales. Los “cuatro tenores” fueron quienes lustraron el Partido Verde y los que entusiasmaron a una ciudadanía abstencionista, apática y descreída. A esa ciudadanía poco le importaba que sus nuevos líderes hubieran preferido ubicarse en el desabrido “centro”, por contraste con la derecha y con la izquierda. Querían votar por alguien distinto a los Gerlein, los Guerra, los Irragori, los Corzo o los roybarreras. Esta verdad es innegable aunque los exalcaldes de la magia terminen por fuera, y Petro, Navarro, Asprilla, y el insondable Guillermo Alfonso Jaramillo logren tomarse por asalto, desde el palacio Liévano, la siembra de los excluidos.
Lo irónico es que con el derrumbe de ese proyecto que se inició con la máxima de que el fin NO justifica los medios, triunfó la tesis contraria: todo vale. Se sabe que los petristas no tienen problema a la hora de retener el poder. Su voracidad los delata pese a un discurso, presuntamente izquierdista, en que rechazan esos procedimientos: votan por el ultraderechista Alejandro Ordóñez y le aceptan cargos en la Procuraduría; coquetean a hurtadillas con el presidente de turno, llámese Uribe o Santos; son los contertulios de la embajada de Estados Unidos y le reciben un traguito, guardias y blindajes; se desmayan con Miami, el oropel, las invitaciones, los viajes, las medallas y las condecoraciones, y aún peor, los publicitan sin consideración con esta ciudad destrozada.
Dicho lo anterior, es honesto reconocer que los extraños en el Verde eran los exalcaldes —como moscos en leche— y no los recién llegados. La creación de ese partidito fue posible gracias al anterior umbral electoral (que permitía la inscripción de colectividades si tenían el 2% de la votación total). Nació con el nombre de Opción Centro y bajo la personería jurídica de la antigua Alianza Democrática M-19, entregada después de la desmovilización. Su representante es Carlos Ramón González que se enorgullece de haber pertenecido a esa guerrilla y no se molesta si se dice que fue miembro de su “comando superior”. Sabrá Dios si así fue o si es una farsa nacida de sus baladronadas. Pero esa parte de su historia sería inocua porque el M-19 ingresó a la institucionalidad. Lo más inquietante del ‘perfil’ de González, quien ha sido activista en Santander, es que tuvo (¿o tiene?) entre sus grandes amigos y apoyos políticos al exsenador Luis Alberto Gil condenado a 8 años de cárcel por sus nexos con los paramilitares ¡Gil también era del M-19!
Esta es la vida pública colombiana: de la extrema izquierda a la extrema derecha sin rubor alguno. O del centro a una supuesta izquierda democrática, lo mismo les da. El señor González nunca dejó de tener el control burocrático de la mezcolanza verde. Tampoco el exgobernador Jorge Londoño, otro poder detrás del trono clientelista de ese color. Ellos son sus únicos “dueños” y viran a conveniencia. Ahora, con la alcaldía de la capital en la caja fuerte, regresan, cómo no, a sus orígenes. En la campaña de 2014 prometerán lo opuesto al centrismo gerencial que ofrecían en 2010. Sin sonrojo. La politiquería tradicional no lo podría hacer mejor.