La gran diferencia entre las actitudes de Colombia y Venezuela, en desarrollo de esta crisis producida porque —según la versión “bolivariana”—, el país vecino estaría siendo objeto de una invasión paramilitar colombiana cuya misión cumbre sería la de “asesinar” a Maduro, es que mientras acá nos quejamos, lloramos, nos declaramos humillados, abandonados, derrotados y los sapientísimos estrategas de Centro Democrático piden cambiar de canciller (¡¡¡!!!) en mitad del lío, allá muestran ánimo triunfante, bailan nuestra pollera colorá como se bailarían a esta Nación, van a manifestaciones de apoyo al Gobierno y el grueso de la oposición calla lo que piensa para no parecer insolidaria con su patria.
La gran diferencia es que la prensa que puede funcionar allá, responde a un programa oficial que pone el problema fronterizo en un segundo o tercer lugar y despliega el “éxito diplomático” de Maduro en sus visitas a China y Vietnam, en tanto que aquí nos referimos al fracaso que nos infligieron en la OEA y anticipamos el que sufriremos en Unasur.
En suma, espíritu minusvalorado, de un lado, sobrevalorado, del otro. Pero en un punto somos iguales: emotivos e irracionales en las reacciones. No apelamos a los hechos con suficiencia argumentativa para derrotar la verborrea vacua; no recordamos que los paramilitares no nacieron ayer; que el capítulo de las dificultades que se viven en la frontera no es reciente ni episódico sino histórico, y que los delitos que cometen los colombianos son compartidos con los venezolanos fronterizos, aupados por la pobreza tradicional de quienes viven en esa zona; no exigimos la exhibición de las “pruebas” con las que Maduro amenaza a cada rato, no destapamos su estrategia política ante las enormes dificultades internas que padece por sus decisiones económicas populistas. No lo superamos. Nos igualamos a él.
Horas antes del estallido anticolombiano, el mandatario venezolano había dado a la publicidad con un libreto espectacular, una telenovela que le serviría para sustentar sus medidas. En su programa televisado En contacto con Maduro, del 19 de agosto, este presentó un video de un delincuente común acusado de asesinar a una mujer y de picar su cuerpo. Se llama José Pérez Venta. Este anónimo preso se volvió importante para la “revolución” porque “confesó”, casualmente, lo que hace tiempo sostenía el presidente. Bueno, todo, menos el crimen que se le atribuye: aseguró que recibió entrenamiento paramilitar colombiano para “perpetrar planes violentos ordenados por la oposición”, con financiamiento, también colombiano. Explicó que su grupo “terrorista” denominado “La salida”, era coordinado por Lorent Gómez Saleh (el estudiante loquito que insultó a Antonio Navarro en Cúcuta y que —irónicamente— fue entregado por el gobierno Santos al de Maduro hace un año); recitó la perorata de Gómez Saleh conocida en los videos que, por cierto, se revelaron en Colombia. Pérez Venta dijo, además, que María Corina Machado, Leopoldo López, Antonio Ledezma y Richard Blanco estaban implicados; que estuvo reunido con Miguel Henrique Otero y que en la lista de conspiradores estaban varios congresistas norteamericanos, el gobierno Obama, Álvaro Uribe y hasta la actriz María Conchita Alonso. En suma, lo que interesa a Maduro para posar de víctima y borrar sus actos de victimario de unas gentes que sí, aprovechan sus subsidios para ganarse unos bolívares y unos pesos con la complicidad de los corruptos venezolanos, pero que no son, ni de lejos, similares a Castaño, Jorge 40, Mancuso o don Berna. Pérez Venta tiene un perfil más parecido al de estos criminales, vea usted. Y la escena que protagonizó, acuerda la de los falsos positivos que asolaron esta tierra para cobrar triunfos en donde no había sino muerte, desolación y mentira.