El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Espectáculo triste del poder

14 de agosto de 2012 - 07:19 p. m.

Pese a llevar muchos años observando los apetitos desmedidos que despierta el poder en los seres humanos que logran asirlo, admito que me ha impactado el espectáculo que están dando el vicepresidente, Angelino Garzón, y el alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, mientras se esfuerzan por minimizar la gravedad de los accidentes cerebrales que han padecido.

PUBLICIDAD

En cuanto pudieron, los dos enviaron, en persona y mediante sus empleados, un mensaje formal: aquí no ha sucedido nada. Y uno de fondo: nuestras sillas no están vacías. Sus equipos cercanos y sus familiares, de quienes uno esperaría que se preocuparan primero por la vida y la salud de su ser querido antes que por el cargo que ostentan, no parecen actuar con más desprendimiento. Por el contrario, se ven en pantallas y fotografías como los motores que propulsan a los enfermos a aparentar vigor físico y mental, con tal de mantener bajo su dominio la Vicepresidencia y la Alcaldía, respectivamente.

Las consecuencias para ellos y para el país están a la vista y hoy es claro que han primado los intereses personales y grupales sobre los de la Nación. El caso del vicepresidente es más dramático, no sólo porque su cuadro clínico reviste mayor fragilidad, sino porque los que lo rodean pasaron —en una especie de conducta ciclotímica— de la negativa absoluta de información a la que, de todas maneras, tienen derecho los colombianos, a permitirle un exhibicionismo repentino provocado, tal vez, por la angustia que generaron las críticas de ciertos columnistas. Hay que admitirlo: el público, sobrecogido por el evidente gasto de energía que tuvo que sufrir Garzón en sus apariciones en iglesias y noticieros, no sabe si admirarlo o tenerle conmiseración. Añadamos otros dos factores complicados: 1. Su función constitucional de sustituto del mandatario, que hoy no podría cumplir, y 2. Su afán de figurar en las noticias entrando en contradicción consigo mismo y con quien lo hizo elegir, en tema tan delicado como el de la realización de ¡una asamblea nacional constituyente!

No por ser más joven y por tener una lesión en apariencia menos delicada que la del vicepresidente, la situación del alcalde es necesariamente mejor: él es el primer responsable de la ciudad, no el que aguarda en la banca a que lo llamen. De la voluntad de Petro, por cierto bastante autoritaria, depende la evolución de la capital en temas tan complejos y urgentes como la movilidad, la licitación de la recolección de basuras y, sí señor, la verdad sobre la calidad del agua. Una segunda intervención quirúrgica de emergencia en menos de dos meses, por coágulos entre el cráneo y el cerebro, intranquiliza, con razón, a la ciudadanía. Y nadie debe criticarla por sentirse inquieta, porque no se trata, como tampoco ocurre con el vicepresidente, de una fractura en un pie o de una hernia discal, sino de incidentes que pueden afectar sus capacidades cognitivas. Al alcalde, qué pena decirlo en sus actuales circunstancias, le están estallando en las manos los problemas de esta urbe impredecible. Las renuncias de seis de sus más altos y representativos funcionarios, sumadas a los retiros voluntarios y a las despedidas de otros de menor rango, más, como si fuera poco, unas propuestas asombrosas sacadas del sombrero de un mago, alteran a cualquiera.

A los dos, vicepresidente y alcalde, les deseamos buena suerte y pronta recuperación. Pero también les pedimos a ellos menos vanidad personal y a quienes corresponda, de acuerdo con las tareas asignadas por la Constitución, más responsabilidad pública. La prioridad es Colombia y su principal ciudad. No Angelino Garzón, no Gustavo Petro. Mucho menos sus grupos, sus interesados amigos o sus familias.

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias