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La cuestión es sumar, nunca restar

07 de febrero de 2017 - 09:00 p. m.

Disfrácelo como lo disfrace, por ejemplo con toga de magnánimo magistrado de la Nación, el fiscal Martínez no defiende la Justicia, escrita así, con mayúscula. Acude a ese expediente en el discurso público, pero protege unos intereses menos nobles en la vida real: los suyos y los de su grupo de aliados en la rama judicial (entiéndase: sus electores), en la rama empresarial (sus exclientes) y en la rama política (Cambio Radical, Centro Democrático, partido Conservador… y sumando…). Martínez  se le ha atravesado al acuerdo de paz que nunca fue del agrado de su amigo cercano, el vicepresidente Vargas Lleras, próximo candidato presidencial.  Se le ha atravesado al acuerdo que ya es un compromiso oficial, con la certeza de que se puede tumbar, entre otras razones porque  en sus consideraciones no está la de honrar la palabra del Estado representada en la firma de su mandatario, su antiguo jefe, al que usó y sigue usando pese a su distancia con él. En este mundo pragmático todo se permite, por ejemplo, dirigir las investigaciones contra unos bandidos con votos, que fueron avalados por su partido para llegar a las Alcaldías y Gobernaciones. La cuestión es sumar, nunca restar. 

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El fiscal se le ha atravesado al acuerdo poniéndole palos en la rueda al principal instrumento del posconflicto: la Justicia Especial de Paz, JEP, disfrazando sus intenciones de nobilísimas causas  y con un discurso fácil de vender en una sociedad incapaz de superar sus odios: le prende el foco a lo que hicieron  las Farc e ignora lo que están haciendo. Y ya que hablamos del foco del fiscal, comprendo por qué él, tan estricto en los parámetros de la vilipendiada JEP, no le ha dedicado un minuto de su tiempo al clientelismo corruptor que carcome a las cortes, máxima expresión de la Justicia con mayúscula. ¡Qué ingenua soy! Aún espero una frase del doctor Martínez Neira, una sola, sobre la pureza que debería presidir las votaciones internas en la Corte Suprema, en que se escogerán, traigamos otro ejemplo, los nombres que irán al Senado en dos ternas para elegir, entre estas, a los magistrados que reemplazarán a los juristas Jorge Iván Palacio y Luis Ernesto Vargas en la Corte Constitucional.  El verbo del fiscal no alcanza para decirle al tribunal que lo escogió que vote pensando en el país. Es mucho pedir.  La Suprema ratificará  su laxitud moral y enviará al Congreso, sin sonrojarse, las joyas de su corona: Martha Isabel Castañeda y Carlos Ardila Ballesteros, porque saben que los senadores los elegirán en un santiamén. No en vano unos y otros se tienen deudas de gratitud. 

Con la señora Castañeda no hay agüeros y en la Constitucional, ¡ah útil que será! En la Viceprocuraduría —al lado de Ordóñez— y encargada de la Procuraduría hizo lo que tenía que hacer. Algún día se ventilará su historia en la cual se destacará el capítulo de las caras nuevas en los pasillos de la entidad disciplinaria: ella y la Corte repetirán la fórmula “nómbrame parientes que yo te elegiré”. Les importa un bledo. Las ruthmarinas y ricaurtes no murieron con las nulidades de sus propias elecciones ni con sus retiros. Por el contrario, se multiplicaron en la sala plena. Repasen la lista. El señor Ardila, por su lado, no se queda atrás. Politiquero de Santander y no jurista, mal reputado excongresista y exconsejero electoral, candidato a todo y hace apenas dos años a contralor General por  postulación de la misma Corte Suprema,  llega porque llega a este cargo público, antes cargo de honor. Esta vez no lo derrotarán: lo elegirán porque cuenta con el apoyo de Cambio Radical, el partido del vicepresidente y del fiscal.  

Entre paréntesis.- Que me perdonen estos señores pero su demanda por traición a la patria contra el presidente  de la República, es tan exótica que produce risa. Los personajes que piden declarar indigno a Santos por permitir que Colombia presencie las impensables imágenes de reconciliación de estos días – centenares de hombres y mujeres, antes mortales enemigos, hoy en pacífico trance hacia su ciudadanía –  son los hijos nonagenarios de Laureano Gómez, Mariano Ospina y Guillermo León Valencia. Ellos, más conocidos por sus padres que por sus propios logros, no saben sino de privilegios. Por eso no entienden el mundo de la gente común, la que ha sufrido la guerra, la destrucción de sus casas, la violación de sus mujeres, la muerte de sus hombres. Haberle traído esperanza al pueblo raso es traición a la patria… de su excluyente grupo, el que mira los toros desde la barrera de sus clubes.

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