LA RENUNCIA DE NÉSTOR HUMBERTO Martínez al cargo de ministro de la Presidencia, “superministro”, Secretario General o Secretario Administrativo de la Casa de Nariño, según el ángulo en que se le mirara, es la noticia más caliente del mundillo político en las últimas horas.
Los comentaristas que dieron la información, no se pusieron de acuerdo, no obstante, sobre los motivos que llevaron al influyente abogado a tomar esa decisión, a escasos diez meses de haber llegado al palacio presidencial, muy pronto para el enorme poder que se le atribuyó cuando Santos dio a conocer la posición que le asignó. En resumen, se mencionan tres razones: el escándalo mediático que produjo su desconcertante confrontación pública con los ministros del Interior y Justicia por unos artículos de la reforma al equilibrio de poderes que ha impulsado el propio Ejecutivo; su aspiración a ser fiscal general, en abril del año entrante, cuando concluya el periodo de Eduardo Montealegre; o su intención de regresar a la dirección de su importante bufete, ahora potenciado por su asociación con una multinacional del derecho. Pero ninguna de esas motivaciones excluye la otra. Por el contrario, vistas en conjunto podrían aportar una explicación al espectáculo de incongruencias que dio el Gobierno ante unos asombrados representantes a la Cámara, con la actuación repentina del superministro contra la reforma en el momento en que iban a votarla. Si Martínez Neira desea ser el sucesor de Montealegre, como ha dejado entrever, debía congraciarse con este, con la cúpula de la rama judicial, y ante todo, con los magistrados de la Corte Suprema que lo elegirían, en caso de que el presidente pusiera su nombre en la terna. Así se entiende, y no de otra manera, que él hubiera integrado el equipo opositor al proyecto de equilibrio de poderes que es rechazado por las cortes porque les recorta privilegios, con Leonidas Bustos, presidente de la Suprema, y con el propio Montealegre quien está armando su propio rompecabezas para sus planes futuros. Pero antes de que se desentrañen los laberintos del reacomodamiento de puestos que ambicionan unos y otros y que se juegan tras bambalinas, Santos aún tiene los ases bajo su manga. Mientras llega la hora de componer el trío de candidatos a la Fiscalía, Martínez depende de la voluntad presidencial. Así que su cercanía diaria con el mandatario, en lugar de favorecerlo, bien podría perjudicarlo como empezó a notarse por las resistencias y rencillas que generó el ‘super’ en tan poco tiempo. No solo con los dos ministros. Con otros altos funcionarios que desconfiaban de él. Simultáneamente, el dato que se publicó en revista Semana sobre la unión de su bufete con la firma DLA Piper, descrita por ese medio como “la primera en ingresos económicos, a nivel mundial” le generaba más sospechas que beneficios a la segunda administración Santos: nunca salen bien librados ante la opinión, los negocios, la contratación y las decisiones públicas cuando se mezclan con intereses particulares. En conclusión, se equivocan quienes creen que el retiro de Néstor Humberto Martínez es un síntoma del fracaso de su gestión. Es, por el contrario, el inicio de otra estrategia, más hábil y astuta que la primera: ahora se puede presentar como el alfil que se ‘sacrificó’ por su jefe, podrá dirigir y reorientar los asuntos que competen a su despacho extendido al continente y hará, sin impedimentos legales, su campaña para posesionarse como el máximo jefe investigador del país. Comprendo por qué los pragmáticos se quitan el sombrero ante él.