Mario Uribe, primo del expresidente Álvaro Uribe y cercano a este no solo por su parentesco, sino también por los intereses políticos de ambos, fue, simultáneamente, gran amigo y hasta familiar del narcotraficante alias el Tuso Sierra (el excongresista contrajo matrimonio con una prima del “Tuso”).
Subalterno de vieja data de alias don Berna —quien a su vez se hizo famoso en el mundo del crimen como jefe de los gatilleros de Pablo Escobar—, Sierra ascendió en el comercio de la droga a tal punto que acumuló fortuna. Con tan influyentes relaciones, el Tuso logró pasar de narco a paramilitar mediante el pago de cuantiosas sumas de dinero a políticos que contaban con el cariño de la Casa de Nariño en época de las negociaciones del gobierno Uribe con los clanes del paramilitarismo para la desmovilización de estos.
Así, el Tuso fue reconocido como jefe de un grupo de autodefensas y entró a la lista de los beneficiados del comisionado Luis Carlos Restrepo; después de que hubo un escándalo periodístico por su presencia en la negociación, fue excluido, pero pronto regresó, según confesión del propio Tuso, cuando le dio US$30.000 en efectivo a Miguel de la Espriella, uno de los escuderos del jefe de Estado, y quien presuntamente se guardó una parte y repartió la otra. Como se sabe, el Tuso y otros de su calaña terminaron en cárceles de Estados Unidos, de acuerdo con lo que dicen algunos, cuando se disponían a revelar sus nexos con la gente del poder.
Estos recuerdos —que ya son historia comprobada judicialmente pese a que el senador Uribe pretenda desconocerla— vienen al presente porque el Tuso fue quien mejor perfiló la conducta de Mario Uribe cuando este enfrentaba un proceso similar aunque menos grave al que hoy le espera a otro primo suyo, el hermano del exmandatario, Santiago. El Tuso relató con lujo de detalles la condición de terrateniente de Mario en zonas de dominio paramilitar, como propietario de predios a los que accedió comerciando con personajes temibles. Y también contó cuál fue el rol protagónico del primo Uribe en el montaje gigantesco que se inició en una cárcel antioqueña y que concluyó en el palacio de los presidentes, contra el magistrado de la Corte Suprema Iván Velásquez, investigador de Mario. El otro protagonista de la trama para desprestigiar al investigador fue Santiago —vea qué coincidencia—, hoy detenido bajo la acusación de haber cometido homicidios en concurso con el paramilitarismo de la región. Ante la contundencia y gravedad de los hechos, el complot no se limitó al magistrado Velásquez, sino que se amplió a la Corte Suprema en aquellos años de golpes a la democracia, de escuchas ilegales, agentes infiltrados, escoltas comprados, carpetas del DAS inventadas para crear falsas realidades que afectarían el nombre y la credibilidad de los presidentes del alto tribunal y de los miembros de la Sala Penal de los que dependía, en últimas, la sentencia o absolución del primo del presidente.
Este, ahora senador, acude a la Comisión Interamericana a cacarear —otra vez— la presunta “persecución política” de la rama judicial en su contra, de su familia y de sus aliados de ayer. Casualmente, hace su show horas antes de la detención de su hermano: sube su perfil de supuesta víctima y su bancada en el Congreso actúa de igual manera a como lo hicieron ayer sus ministros, sus secretarios y asesores presidenciales y sus directores de Inteligencia: persiguiendo, pero gritando que son perseguidos y descalificando la honra de quien se les atraviese para obviar la presentación pública de los hechos que se le imputan a Santiago Uribe. Idénticas estrategias. O no, una sola: insinuar una vida dudosa, mala fe, enfermedad psiquiátrica, comportamiento vicioso de fiscales y jueces, de periodistas y columnistas independientes. Y no controvertir las pruebas que demuestran que los 12 Apóstoles existieron y que dirigieron los primeros falsos positivos de este país “moderno”.