Como si fuera la nota más inocente, El Tiempo publicó, en una de sus páginas de mayor importancia informativa, un pequeño escrito.
El texto farandulero —reforzado con una foto— es de antología porque no alcanza a ocultar el veneno de su intención. Se titula “Exfiscal, fiscal y ternado” y dice así: “El embajador de Estados Unidos en Colombia, Kevin Whitaker, invitó a varias personalidades a su residencia el viernes pasado para conmemorar el día de la independencia de su país (4 de julio). Llamó la atención que el exfiscal Eduardo Montealegre, su pupilo, el fiscal (e) Jorge Fernando Perdomo y el aspirante a ese cargo, Yesid Reyes, no hicieron tregua en su larga tertulia”. En la fotografía se veía a los tres mencionados, por cierto, no en posición de estar en mitad de una “larga tertulia”. Por el contrario: cada uno de ellos, a una distancia poco familiar, miraba y sonreía hacia diferentes focos. No hay que ser un genio para entender que quien ordenó la publicación pretendía influir en el ánimo de los magistrados de la Corte Suprema, hoy distanciados de Eduardo Montealegre cuando ayer fueron tan cercanos a él, en contra de Reyes. Y, por supuesto, a favor de Néstor Humberto Martínez quien, por paradojas de la vida, es promocionado en ese tribunal por Leonidas Bustos, el mejor amigo del exfiscal Montealegre por lo menos hasta hace poco, cuando, por ejemplo, los dos (¿O más bien debería decir los tres, junto con Martínez?) luchaban, hombro a hombro, en contra de la reforma de equilibrio de poderes que moderaba los privilegios excesivos de los jueces.
No es raro ni ilegal que los directivos de El Tiempo apoyen a Martínez para ser fiscal. Finalmente, este candidato hizo parte de la junta en que se trazan los planes de negocios del conglomerado periodístico. Lo que parece antipático y —¿por qué no decirlo?— inmoral, es filtrar en sus páginas de información las preferencias de ese diario como si fueran una noticia neutra y, encima, no advertírselos a sus lectores.
Terminará teniendo la razón el columnista (también del medio de la avenida 26) Ricardo Silva quien afirma que la inscripción general, la nominación presidencial y la elección en la Corte Suprema son puro teatro: “el clímax del tercer acto va a ser el que se veía venir desde el comienzo: el fiscal Martínez”. Lo vaticinan Silva y los hechos tejidos, hilo por hilo, por el prestidigitador Néstor Humberto desde años atrás con una paciencia miedosa. ¿Para qué? Es la pregunta que hace temblar a cualquier demócrata sensato. La más reciente etapa de su trama me impresiona por el fino maquiavelismo que despliega: se convirtió en ficha clave de Cambio Radical y de su jefe “natural” con lo que obtuvo manejo político propio; aceptó representar a los hombres más ricos del país en asuntos civiles y penales tan neurálgicos como el que enfrenta al señor Carlos Mattos con la empresa automotriz coreana Hyundai (por US$250 millones). Así logró hacerse al aprecio de las clases adineradas; se empeñó y consiguió convertirse en “superministro” de Santos mientras su faceta de negociante privado adelantaba la unión con el bufete internacional DLA Piper, de un lado. Y del otro, mientras ejercía como el hombre del presidente en su faceta de servidor del Estado, para torpedear la reforma al equilibrio de poderes en contra de sus colegas, los ministros del Interior y de Justicia este último, por casualidad, Yesid Reyes, su rival en la terna para la Fiscalía y el mismo de la foto soltada a tiempo por El Tiempo. Martínez y el inefable Bustos, entonces presidente de la corte que elegirá al fiscal – coincidencia –, hicieron y deshicieron para impedir la aprobación de la reforma o para que su texto fuera favorable a quienes –entre otros – votarán por el nombre del nuevo fiscal general.. Martínez se retiró para finiquitar su asunto privado con DLA Piper y para hacer realidad su sueño político: dos golazos. La representante Angélica Lozano fue la única que descubrió sus planes en mitad de los debates sobre equilibrio de poderes: “una arrodillada de Néstor H. Martínez a cambio de que lo nombraran fiscal, ante los presidentes de las altas cortes”. Él le gritó, airado, que no “cargaba un maletín de intereses”. Parece que fue sincero en aquel momento: ¡no carga un maletín sino un bulto de intereses! Es un hecho.
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