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Muerte a la independencia judicial

01 de diciembre de 2009 - 09:22 p. m.

QUE UN RESPETABLE COMENTARISta como Enrique Santos, de quien siempre se esperan análisis serios, inicie su columna con un insulto clasista para desprestigiar al presidente de la Corte Suprema, indica el grado de solidaridad —y confusión— que ha logrado crear, de nuevo, Álvaro Uribe en torno al conflicto que lo separa del alto tribunal, ahora por la elección de Fiscal General.

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Es inquietante porque  Santos Calderón y otros columnistas que no son del grupo de los abyectos, varios editorialistas y hasta parte de la oposición, han caído en el error conceptual de suponer que la resistencia de la Corte a votar por los candidatos de la terna presidencial se reduce a un simple capricho de los magistrados aupado por su representante oficial, Augusto Ibáñez, quien debería citar a votación de una buena vez, por “el bien de la patria y de las instituciones”. Según esa visión del problema, la posición de Ibáñez no tiene fundamento ético ni constitucional y el argumento de la autonomía de la justicia es una entelequia. Todo se reduce a su vanidad y a su deseo de figuración nacional e internacional.

Entonces, lo castigan privándolo de sus derechos a la dignidad personal y a la defensa del tribunal. Dígase lo que se diga, él, como es togado, tiene la “obligación” de 1.- Permanecer callado, como monja de clausura, ante los atropellos que sufra la corporación. 2.- Otorgar con su silencio que la versión de Uribe sobre una reunión en la que se habló de la terna es cierta, y es la única que merece divulgación. 3.- Admitir con su actitud pasiva que, él, Ibáñez, y el vicepresidente Jaime Arrubla son falsos, volubles y mentirosos. 4.- Resignarse a que el mandatario tiene la potestad de “debatir los fallos” de la justicia pero que la Corte no replica. Se limita a elegir. En tono mucho menor que el que usan contra Ibáñez, estos comentaristas conceden que al mandatario se le ha ido la mano, pero de inmediato le perdonan la cuenta si tan sólo cancela la propina cediendo un tris. Y él lo hace, modificando con cuentagotas a dos de la terna. ¿Para candidatizar otros que garanticen un Fiscal que resista la presión palaciega? No, ni tanto que queme el santo…

La fórmula de los estrategas oficiales es maquiavélica: a tiempo que le quitan piso a la cabeza del tribunal, Uribe cambia sin cambiar y en un juego de dos por tres, la terna resulta viable. ¿Cómo? Dejando quieto al sujeto del trío que más se ajusta a su medida, pues le debe los mejores puestos de su vida; y borrando dos nombres por otros de subalternos suyos o en su defecto, por un amigo de la casa y uno, del entronque de los Valencia Cossio, que si es elegido, harto bien les hará. ¿A qué bestia se le ocurre que haya que postular juristas de estatura, si se guerrea con las propias tropas? El broche de cierre para que no haya tropiezos es que el árbitro neutral sea el  Procurador, de cuya objetividad nadie de la congregación duda. Él le garantizará al país que salga humo blanco del Palacio de Justicia antes de irnos a comer natilla con una consigna navideña: que vivan los intereses del Gobierno, que muera la independencia de la Justicia.

Entre paréntesis.- Ya que la Corte recta va camino de ser derrotada por unos magistrados genuflexos, que alguien nos cuente, para irnos resignando, si es verdad que Juan Ángel Palacio era candidato del Ministro del Interior y que su reemplazo también lo es. Y que nos confirmen si la abogada que reemplazará a Virginia Uribe, tendrá mejores calidades profesionales que ella pero también poseerá, incrementada, otra condición: la de ser uribista.

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