Al final de la Segunda Guerra Mundial, Japón era un país destruido. Había sido una gran potencia que se enfrentó al poderío estadounidense y fue derrotada. Pasada la guerra, le tomó poco tiempo reconstruirse y asombrar al mundo con tasas de crecimiento cercanas al 10% durante varias décadas. Hoy Japón hace parte del mundo desarrollado, produce y exporta bienes de alta tecnología y en 2017 su ingreso per cápita, según el Banco Mundial, fue de 39.002 dólares a paridad de poder de compra (ppc), es decir, considerando precios internacionales comunes.
Le siguió Corea del Sur. Destruida por la ocupación japonesa y luego por la Segunda Guerra Mundial, a partir de los años 70 inició su crecimiento acelerado, también del orden de 10% durante varias décadas. Hoy, Corea es uno de los nuevos países industrializados, con un elevado ingreso per cápita (35.938 dólares ppc), uno de los grandes exportadores mundiales y uno de los grandes productores mundiales de tecnología y automóviles.
No estuvo sola en ese proceso. Completan los cuatro “tigres asiáticos”: Hong Kong, Singapur y Taiwán. Sumamente atrasados hace pocas décadas, los tres son ahora países con un acelerado desarrollo relativo y con ingresos per cápita elevados. En 2017 Singapur tuvo un ingreso per cápita 58% mayor que el de Estados Unidos (54.225 dólares ppc).
Más recientemente, a partir de los años 80, quien asombró al mundo fue China. Su crecimiento ha sido notable, también del orden de 10% por año por décadas. De tal manera, China, que hasta hace unos años era mucho más atrasada que los países latinoamericanos, aumentó su ingreso per cápita de 1.526 dólares ppc en 1990 a 15.309 en 2017, y ha devenido, según el Banco Mundial, la mayor economía mundial (19,8 millones de millones de dólares ppc a precios de 2011), por encima de la Europa de los 28 países (18,6) y de los Estados Unidos (17,2).
Más recientemente, los esfuerzos chinos para moverse a sectores innovadores de la economía como la inteligencia artificial (IA) son notables. En un reciente informe se estimó que China sería el país que más se beneficiaría del crecimiento económico derivado de la IA. Para el 2030, el aumento del PIB mundial proveniente de este sector (15,7 trillones de dólares) sería del orden de 14%; China capitalizaría la mayor parte, alrededor de 26,1%.
La innovación y el avance tecnológico se expresan también en la robótica. Según la Federación Internacional de Robótica, en 2018 la cantidad de robots industriales operativos en China es de 614.200; en Japón, 291.800; en Corea, 279.000; mientras que en América del Norte (Estados Unidos, México y Canadá), de 323.000; en Alemania, de 216.000; en Brasil, de 18.300, y en el resto de América Latina, de 1.700.
Todo ello, y el futuro del mundo, está ligado al tamaño de la clase media que es la que determina el tamaño de los mercados. Según el Brookings Institution, en 2015 la clase media en Asia fue de 1.380 millones de personas; en Europa, de 724 millones; en América del Norte, de 335 millones, y en América Latina, de 285 millones. Las cifras que Brookings proyecta para el 2030 son más contundentes: 3.492 millones en Asia (65% del total), 733 en Europa (14%), 354 en América del Norte (7%) y 335 en América Latina (6%).
Por su parte, durante las mismas décadas, los latinoamericanos no han podido superar de manera sostenida sus tasas de crecimiento mediocres (3%, 4%), ni alcanzar niveles de ingreso per cápita que los acerquen a los países desarrollados. No existe ni un solo país latinoamericano que haya emulado en forma sostenida las tasas de crecimiento asiáticas, sus éxitos en superación acelerada de la pobreza, ni reducido sus elevados niveles de concentración del ingreso.
¿Pero por qué los desarrollos de los países asiáticos y los de los latinoamericanos han sido tan desiguales?
Por supuesto que ello está relacionado con las políticas públicas adoptadas, las económicas en particular. Entonces, la pregunta es ¿por qué los asiáticos asumieron estrategias y políticas tan exitosas de industrialización, y los latinoamericanos, que intentaron industrializarse mediante la sustitución de importaciones, la abandonaron y desde los años 90 volvieron a basar su economía en la producción y exportación de materias primas, como en décadas anteriores?
Las respuestas son seguramente múltiples y complejas. Una de ellas, posiblemente, reside en que los pueblos tienen aproximaciones cognitivas diferentes que hacen parte de su cultura y que favorecen o desfavorecen el cambio, lo que hace que sus respuestas sean diferenciadas ante las circunstancias emergentes, sean de origen interno o externo, lo que permite a algunos encontrar soluciones a sus problemas reales y, por consiguiente, a su desarrollo económico, social y político.
Así, los latinoamericanos, herederos de la tradición escolástica, serían más intuitivos que reflexivos, buscando la verdad en una autoridad externa. Por ello, salvo excepciones, derivarían sus explicaciones y soluciones del concepto de autoridad con escaso pensamiento propio y menos crítico, y por lo tanto insisten en las mismas acciones o políticas así no produzcan resultados satisfactorios. Los asiáticos, por el contrario, herederos de la tradición confuciana, tendrían una aproximación práctica a la realidad, más reflexiva que intuitiva, lo que les permite ser más críticos y propensos al cambio si las acciones o políticas adoptadas no dan resultados.
Si ese fuera el caso, lo que en últimas América Latina requeriría es la adopción de políticas públicas, educativas en particular, que promuevan la formación de las calidades cognitivas que favorecen el cambio, es decir, que promuevan la capacidad de pensar analíticamente y de escoger entre condicionales en busca de un objetivo: su desarrollo acelerado e inclusivo.
* Ph.D. Profesor titular, Pontificia Universidad Javeriana, Departamento de Economía.