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La emergencia del populismo estadounidense

26 de julio de 2016 - 09:19 p. m.

A pesar de la oposición del establishment republicano, Donald Trump acabó siendo nominado como su candidato presidencial en las elecciones del próximo noviembre.

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¿Cómo así, este supuesto mal candidato, deslenguado, alocado, identificado con ideas absurdas, xenófobas, racistas, sexistas, que propone soluciones inalcanzables en la más clara tradición populista latinoamericana, acabó siendo el candidato del Gran Viejo Partido (GOP)?

La verdad es que Trump interpreta el sentir de un grupo importante de la sociedad estadounidense que el propio partido republicano cultivó durante años. Y ahora, al escoger como su candidato vicepresidencial a un personaje proveniente de la derecha religiosa fundamentalista, representa a esa derecha también cultivada por el GOP.

Esos dos grupos quisieran recuperar a cualquier precio el pasado “sueño americano,” de una clase media blanca creciente, elevando su bienestar sostenidamente, de un país homogéneo racial y culturalmente, creyente, al mismo tiempo hegemónico sin contraparte en el mundo. Lo consideran perdido por debilidad, abandono de ideales, excesos culturales liberales. Para recuperarlo piensan que deberían rescatarse los valores culturales tradicionales propios del siglo XIX: religión, familia, patria. Así mismo, en su lógica debería impedirse el desplazamiento manufacturero a otros países, la correspondiente pérdida de empleo, y la inmigración que contribuye a la pérdida de homogeneidad.

La cuestión es que ese sueño se perdió con los avances tecnológicos (como la píldora), su impacto sobre las relaciones humanas (liberación sexual), y la globalización. Es entonces una contradicción con la apertura de mercados que sus líderes, como Ronald Reagan, impulsaron; probablemente inconscientes de sus consecuencias. Representa también un desconocimiento monumental de la demografía, los avances tecnológicos, y el realismo político que impulsó otro líder republicano, Richard Nixon, quien reconoció a China y, así, facilitó su emergencia como potencia mundial y su absorción de los empleos manufactureros.

El problema fundamental que enfrenta Trump como candidato es que sus apoyos no parecen ser mayoría como para ganar la elección presidencial, entre otras cosas porque no representa a la totalidad de la población blanca y porque discrimina y excluye a las minorías sexuales así como a las étnicas y  raciales: hispanos, negros, asiáticos, cuya demografía ya los hace importantes (40 por ciento de la población) y los llevará a ser mayoritarios. Proyecciones de la Oficina del Censo de los Estados Unidos indican que para 2065 la población no blanca será mayoritaria (64 por ciento).

Trump enfrentará a Hillary Clinton quien, según las encuestas, aún sin ser proclamada como candidata por el partido demócrata, le llevaba varios puntos porcentuales de ventaja, aunque como consecuencia de la reciente Convención Republicana la ventaja parece haberse acortado, transitoriamente según los analistas. La mayor fortaleza de  Clinton es que no discrimina y representa un grupo mucho más realista, más liberal, de alguna manera consciente de que la globalización, demografía y los cambios mundiales inducen, necesariamente, la pérdida de homogeneidad y de hegemonía. Para viabilizar los negocios y satisfacer a la clase media estarían dispuestos a cambiar la estructura económica del país desplazando las manufacturas de poco valor agregado a otros países, como China.

A este grupo se le añade otro que incluye a quienes, dados a escoger, no dudan en preferir a Clinton sobre Trump pues son también liberales culturalmente, consideran la diversidad étnica e internacional como un valor, pero aspiran a una reconstrucción de la sociedad americana que implique, sobre todo, una separación entre la política y los negocios con predominancia de la primera. Los representaría Bernie Sanders quien acaba de adherir a la candidatura de la Sra. Clinton.

Mejor dicho, salvo alguna cuestión inexplicable e imprevisible, la elección estadounidense pareciera estar definida y Hillary Clinton sería la próxima presidenta de Estados Unidos, para bien del mundo que podría acabar en un caos con un personaje como su oponente de presidente.

Profesor Titular, Pontificia Universidad Javeriana, Departamento de Economía.

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