Para decirlo de manera honrada y brutal, ¿es por lo que es o por lo que no es? O para describirlo con otra frase, ¿es por lo que dice, o por lo que no dice? El senador Barack Obama, de Illinois, aspirante presidencial demócrata, es el actual beneficiario de un tsunami de baboseo.
A veces se adjudica méritos en nombre de todos los estadounidenses, sin importar la raza, el color, el credo, bla bla bla; pero sus recientes discursos parecen reclamar la victoria también para la negritud, mientras sus partidarios –muy especialmente los blancos– sollozan felices de que por fin podamos tener un presidente afrodescendiente. Y al costado, gruñendo con una furia apenas disimulada, están los agentes de la máquina política de Clinton, que, tras fracasar en encender el mismo tipo de entusiasmo con una mujer envejecida y resentida, intentan sacar más provecho de su errante marido, que ya una vez fue “nuestro primer presidente negro”.
¿No hay algo patético y desconcertante sobre este énfasis en los matices de piel? Y, de todos modos, ¿por qué es considerado “negro” un hombre con una madre blanca? ¿Es para esto que peleamos con tanto vigor a fin de eliminar la sentencia Plessy vs. Ferguson (la decisión de la Suprema Corte en 1896 que defendía la constitucionalidad de la segregación racial)? ¿Aceptaríamos, si la madre de Obama hubiera también sido judía, que él podría ser el primer presidente judío de Estado Unidos? Cuanto más señalan los votantes que la simple identidad de Obama es un “gran avance”, más demuestran que han fracasado en emanciparse de las categorías originales de identidad que actuaron como una cadena sobre el pensamiento claro.
Es difícil determinar si el propio Obama no está alcahueteando sobre ese tema del color de la piel. Uno de sus mejores capítulos en su encantadora autobiografía describe el momento en que su oponente negro republicano en la campaña para el Senado de Illinois –Alan Keyes– lo acusó de tener una negritud insuficiente porque ¡no era descendiente de esclavos! La decisión de Obama de mostrar buen humor acerca del tema, fue un hito. Pero, ¿no estamos corriendo el peligro de emular el desatinado error de Keyes cada vez que insistimos en el color de piel del senador? Si deseaban tanto un presidente o vicepresidente “negro”, podrían haberse volcado en masa por Angela Davis –también la primera mujer que se postuló a nivel nacional– o por Jesse Jackson, o por Al Sharpton. ¿Por qué no lo hicieron? ¿Podría haber sido por la política?
Ocurre que la semana pasada Kenia –lugar de nacimiento del padre de Obama– estuvo convulsionado por una guerra política que contuvo horrorosos indicios de tribalismo violento y sádico. Sonaría tan absurdo para un habitante de Kenia oír elogios por un candidato negro como sonaría para la mayoría de mis lectores europeos escuchar una recomendación por la “gran esperanza blanca”. Creo que ya ha pasado la época en que un polacoestadounidense se negaría a votar por un candidato con un apellido alemán, pero todo esto sucede porque (para tomar prestada la definición de ‘Nación’ del filósofo Ernest Renan) la gente se puso de acuerdo en olvidar un montón de cosas, como también para recordar una gran cantidad de cosas. Entonces, ¿cuál de ellas estamos haciendo actualmente?
Obama es miembro de una iglesia de Chicago denominada Trinity United Church of Christ. Les recomiendo que se den una vuelta por su portal de Internet. La iglesia es liderada por el tipo de personalidad que la prensa suele describir como “extravagante”, el reverendo doctor Jeremiah A. Wright Jr. La congregación se autodefine como “desvergonzadamente negra y cristiana sin disculpas”, y habla del “pueblo elegido” cuya naturaleza se nos permite suponer es “afrocéntrica”.
Trinity United vende libros en los que defiende la teoría de la creación, y su portal de acceso incluye un enlace a una cosa llamada Goodsearch (búsqueda de Dios). Ese nombre tiene un halo en su logo que anuncia alegremente que “cada vez que uno busca o va de compras online nuestra iglesia gana dinero”.
Gran parte de lo que dice Trinity United es inofensivo y aburrido, similar a la creencia idiota del candidato republicano Mike Huckabee de que su éxito en Iowa es comparable al “milagro” de los panes y los peces. El portal también ofrece un volumen llamado Bad Girls of the Bible: Exploring Women of Questionable Virtue (“Chicas malas de la Biblia: explorando mujeres de dudosa virtud”), el cual he agregado a mi carrito de compras. Pero, posiblemente, nadie que quiera ser tomado en serio puede vincularse con ese tipo de lugar que está por debajo de cualquier estándar.
Toda esta fácil charla sobre ser un “unificador” y no un “divisor” es una bobería cuando una persona habla por ambos costados de la boca al tiempo. He insistido, durante meses, en que el candidato republicano Mitt Romney debe responder a las preguntas sobre los antecedentes racistas de su iglesia, y en cómo Huckabee ha mostrado que ni siquiera entiende la primera cosa sobre una teoría –la crucial teoría de la evolución a través de la selección natural– en la cual afirma no creer. Muchos demócratas coinciden conmigo, pero se quedan mudos cuando el senador Obama brinda su lealtad a una iglesia de chiflados con un carácter decididamente étnico.
Ese acuerdo silencioso para conceder a la comunidad negra el dominio del púlpito es en sí mismo una forma de condescendencia racista. La enfermiza canonización de Martin Luther King Jr. ha conducido a una cruda reescritura de la historia que aniquila a los grandes secularistas negros y blancos –Bayard Rustin, A. Philip Randolph, Walter Reuther– que realmente organizaron la marcha a Washington. También ha autorizado un pase libre para cualquier demagogo que ponga la palabra “reverendo” delante de su nombre. Los votantes blancos que de manera subconsciente aceptan que a los negros les encanta escuchar a sus predicadores, no sólo están actuando con condescendencia hacia sus hermanos y hermanas negros, sino que también ayudan a otorgar poderes a los ministros blancos o diáconos que hacen el mismo discurso, desde Jimmy Carter hasta Mike Huckabee. La asamblea electoral de Iowa de 2008 no fue el final de nuestra antigua pesadilla nacional sobre la raza, sino otro escenario en nuestra prolongada pesadilla nacional de piedad, “inspiración” y engañosa retórica optimista.
* Periodista y comentarista político, . 2008 WPNI Slate