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El Hombre que no dejó de escribir

09 de agosto de 2008 - 12:59 a. m.

DE VEZ EN CUANDO SUCEDE. EL estado o el sistema encuentra un individuo al cual  de manera desconcertante, exasperada, absurda no se lo puede quebrar.

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Si esos héroes se las arreglan para sobrevivir, tienen una buena oportunidad de durar más que el Estado o el sistema que tan groseramente los subestimó.

Los ejemplos son bastante preciosos y relativamente escasos.

Incluyen, por ejemplo, a Nelson Mandela, que rechazó una oferta de abandonar la prisión (al menos hasta que todos los otros prisioneros políticos fuesen también liberados) y Alexander Solzhenitsyn, quien fue deportado de su país de nacimiento en contra de su voluntad, aun cuando había sido un prisionero allí.

Dos palabras quedarán siempre indisolublemente conectadas con el nombre de Alexander Isayevich: el acrónimo Gulag (por las iniciales del sistema estalinista de prisiones que cubrieron el paisaje soviético como un diseño de islas diabólicas) y la tersa, áspera palabra “Zek”, para describir los hambrientos y agotados habitantes de este archipiélago constituido por nuevos siervos de la gleba.

En un capítulo especialmente sagaz de la anatomía de aquel cadavérico sistema, Solzhenitsyn hizo la parodia de las teorías marxistas-leninistas de la autodeterminación para argumentar que los Zeks eran realmente un país aparte. En su electrizante primer libro, Un día en la vida de Ivan Denisovich, de cierto modo delineó las fronteras y costumbres de un país aún no explorado, constituido por una ciudadanía condenada y desconocida.

Él se volvió un antropólogo de los sistemas totalitarios de una manera que no era entendida desde la obra de David Rousset, L’univers concentrationnaire.

Si ustedes están interesados en la ironía histórica, les interesará enterarse de que cualquier capítulo de Ivan Denisovich publicado en la revista literaria rusa Novy Mir durante la desestalinización ordenada por Nikita Khrushchev, superó con largueza en su impacto y número a libros y tratados que habían tomado el “realismo socialista” como su santo y seña.

Solzhenitsyn peleó contra Adolfo Hitler en la Prusia oriental como un orgulloso soldado del Ejército Rojo en la guerra más terrible que se recuerde. Fue arrestado y encarcelado por una casual indiscreción. Fue condenado a cadena perpetua y fue dejado libre el mismo día de la muerte de Stalin. Luego enfermó de cáncer y conoció en su totalidad el rigor y la miseria de un hospital de aislamiento de la era soviética. Después de eso, las matanzas de la KGB de Leonid Brezhnev y las campañas de odio de la prensa soviética deben haber sido, en comparación, desdeñables picaduras de pulga.

Pero parece que Solzhenitsyn sí tenía una preocupación o miedo. No temía el daño físico, sino que nada de su obra llegara alguna vez a publicarse.

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Sin embargo y éste es el punto que merece atención él continuó escribiendo. Los matones del Partido Comunista podían haberla desgarrado o confiscado o quemado y a veces lo hicieron, pero él continuó escribiendo y manteniendo un cajón lleno de manuscritos para la posteridad.

Se trata de un tipo de valor difícil de describir. El modo más simple de expresarlo es decir que Solzhenitsyn vivía “como si”. Desdeñando a los matones que lo acosaban, él seguía su marcha “como si” hubiera sido un ciudadano libre, “como si” tuviese el derecho de estudiar la historia de su país, “como si” hubiese algo llamado la dignidad humana.

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Y una vez que logró publicar El Archipiélago Gulag incluso en ediciones piratas en el extranjero, se volvió obvio que algo terminal le había ocurrido al edificio del poder soviético.

Por supuesto, uno no puede tenerlo todo. Nelson Mandela ha sido blando con Daniel arap Moi, Fidel Castro, Muammar Qaddafi y Robert Mugabe, y blando incluso cuando no los necesita más como aliados temporarios en una pelea difícil. Cuando Solzhenitsyn vino a los Estados Unidos, el presidente Gerald Ford se negó a recibirlo, por consejo de Henry Kissinger.

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Pero, en lugar de denunciar esta colusión republicana con Brezhnev, él se indignó con los norteamericanos que disfrutaban del rock.

A medida que pasó el tiempo, él se transformó más y más en un clásico chovinista ortodoxo ruso. Su obra fue cada vez más verborrágica y propagandística y  ¿seamos corteses? también idiosincrática.

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Su libro más reciente, Two hundred years together (Doscientos años juntos) intenta ser un honesto examen de la cargada condición de las relaciones ruso-judías. Se trata de un tema que él encontró difícil de reprimir en varias de sus primeras obras. El negó que esta investigación tuviera algo en común con la antigua antipatía nacionalista-rusa al judío cosmopolita (y a veces inclinado hacia el bolcheviquismo), y uno debe otorgarle aquí el beneficio de la duda.

Sin embargo, cuando se lo toma conjuntamente con su simpatía por Slobodan Milosevic y toda la causa serbia, su exaltación por la renacida (y recientemente patrocinada por el Estado) Iglesia Ortodoxa Rusa y su admiración por Vladimir Putin, la mezcla de actitudes resultante le hace acordar a uno más a Dostoievski que a Tolstoi. Luego de denunciar la “cruel” conducta de la OTAN en los Balcanes, sin haber dicho nunca una palabra sobre la conducta de los soldados rusos en Chechenia, Solzhenitsyn pasó algunos de sus días finales lanzando diatribas contra aquellos nacionalistas ucranianos que estaban, acertada o equivocadamente, intentando tener su propia era de horrores soviéticos clasificada como “genocidio”.

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Dostoievski, incluso con todo su chovinismo valía un centenar de Mikhails Sholokhovs o de Máximos Gorkis, y Solzhenitsyn estableció un nuevo estándar de coraje para un autor ruso. Tal como lo dijo en El Primer Círculo, un gran escritor es, “por así decirlo, un gobierno secreto en su país”.

El eco de la observación de Shelley, de que los poetas son “legisladores no declarados del mundo” puede ser o no deliberado. Pero sirve para recordarnos que los escritores, no importa con qué frecuencia nieguen la idea, son sin embargo finalmente responsables por la influencia política que eligen ejercer. En eso reposa el germen de la tragedia.

 

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