El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

El príncipe valiente

14 de marzo de 2008 - 04:17 p. m.

Lo más extraordinario —y también alarmante— sobre el apresurado retiro del príncipe Enrique de sus obligaciones en el frente en Afganistán, es que todo el mundo parece haber asumido que era lo más correcto.   Estaba muy bien, al parecer, que el más joven de los príncipes británicos compartiera los riesgos y obligaciones de los soldados en la Caballería Real, pero no más allá de que su coraje se mantuviese en secreto. En ese instante, debía marcharse con rapidez y llevarse consigo el coraje.

PUBLICIDAD

Basta examinar la ausencia de lógica que subyace la decisión. Desde que se conoció la presencia del joven Enrique en la provincia afgana de Helmand, se sostuvo que él y su unidad serían  “imanes para las balas” de la alianza Taliban/al-Qaeda. En consecuencia, mantenerlo en el campo, una vez se supo que estaba allí, sería ponerlo en peligro a él y a sus camaradas de armas. Esa es una completa bobería.

La provincia de Helmand  es uno de los lugares más peligrosos de la Tierra para un miembro de las fuerzas armadas británicas. Cualquier soldado británico, o civil, en la región es por definición un “imán para las balas” de los fundamentalistas. Pero no hay razón para pensar que estos desagradables elementos aumentarían su poder de fuego por creer que podían matar a un príncipe de la casa Windsor.

De todos modos, ausentes sus movimientos de la cobertura diaria de la prensa y la televisión (una opción que nadie sugirió), es difícil ver cómo el simple conocimiento de que un miembro de la realeza británica estaba en algún lugar de la provincia de Helmand podría ser útil al otro bando. Sin embargo, para el líder de las fuerzas armadas británicas, Sir Jock Stirrup, fue de alguna manera autoevidente que el muchacho tenía que ser evacuado de la escena —y a toda la velocidad posible— tan pronto como Matt Drudge reveló, no su paradero, sino su mera presencia. Entonces, el palacio de Buckingham y el Ministerio de Defensa británico entraron en pánico. Lo que a nadie parece habérsele ocurrido es que esta retirada, muy publicitada, podría ser muy alentadora para los gánsteres islámicos que intentan recuperar Helmand de manos del gobierno legítimo de Afganistán.

Al parecer, estamos decididos a actuar como si los islámicos que dinamitan escuelas para niñas, destruyen torres de teléfonos celulares y asesinan equipos de vacunación tuvieran tres metros. Hace apenas unas semanas, la secretaria de Estado de E.U., Condoleezza Rice, hizo una visita a Afganistán no  anunciada, y estuvo confinada la mayor parte del tiempo en aeropuertos militares de Estados Unidos.

¿Acaso nuestra obsesión con la “seguridad” nos está haciendo inseguros? Y otra pregunta, que tal vez tenga importancia: ¿cuál fue la razón para enviar al príncipe a Afganistán? Tal vez demostrar que los monarcas británicos no desprecian compartir los peligros y las raciones con sus soldados y que se debe respetar una igualdad en el sacrificio, incluso si las desigualdades heredadas no se disuelven por ello. Todo el mundo entiende este punto. Cuando el palacio de Buckingham fue averiado durante el bombardeo nazi de Londres, se dijo que la reina madre expresó estar contenta porque ahora podía mirar “cara a cara” los muelles del East End.

Los viejos imperativos son ahora reemplazados por las relaciones públicas, la gerencia de información y la “seguridad intensificada”, y simplemente no sería una buena historia que el jovencito insistiera en permanecer en las mismas trincheras que sus prójimos.

Debería también mencionarse, como una palabra de aliento, que el propio Enrique expresó estar “desilusionado” por haber sido sacado con tanta rapidez de Afganistán. Pero, ¡silencio allí en las filas! ¿Quiere convertirse en un imán para las balas? (Por supuesto, si uno no quiere, existe siempre la prudente opción de no ser un voluntario).

Tal vez sea equivocado de mi parte jugar un poco con el traslape entre el príncipe Enrique y el príncipe/rey Enrique, el más celebrado monarca marcial de Inglaterra, pero hay más que una banal coincidencia de nombres.

Hasta fecha reciente, si uno veía el nombre de Enrique en un titular, era porque lo habían encontrado en un club nocturno. Su decisión de trascender todo eso y someterse al entrenamiento y ponerse el uniforme fue, como el previo Enrique lo señaló  a Falstaff al final de Enrique IV, Segunda Parte, una prueba positiva de que “me he alejado de mi antiguo yo” y que sus ex compañeros revoltosos no deberían “presumir que soy lo que era antes”.

Tras abandonar su frivolidad por formas de ardor más austeras, al rey Enrique se le reconoce mérito por el discurso que Shakespeare pone en su boca en vísperas de Agincourt. Ese rey les dice a los débiles de espíritu que abandonen el campo de batalla porque “no moriremos en compañía de quienes temen que su camaradería muera con nosotros”.

Esta escena de ampulosidad tan exagerada no es nada comparada con las subestimadas palabras usadas por Enrique para responder a Montjoy, el arrogante heraldo del monarca francés, en el tercer acto, sexta escena:  “La suma de nuestra respuesta es esta: /    No buscaremos una batalla tal como estamos;   /  Aunque tampoco, como estamos, escaparemos de ella.”

No soy  monárquico (tengo un punto débil por Falstaff y no me agradan las expediciones militares en búsqueda de reinos ampliados), pero las virtudes de Shakespeare también pueden ser republicanas y democráticas frente a la teocracia y a la tiranía. De todos modos, las obras de Shakespeare permiten una lectura mucho mejor que los cálculos conscientes de funcionarios y políticos británicos siempre atentos a la prensa, y que parecen determinados a llorar antes incluso de haber sido heridos.

* Periodista, comentarista político y crítico literario, muy conocido por sus puntos de vista disidentes, aguda ironía y agudeza intelectual. c.2008 WPNI Slate.

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias