El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

El tercer engaño

06 de febrero de 2008 - 10:16 a. m.

Hay alguien capaz de igualar a Bill Clinton en matonería y oportunismo cuando se trata de la llamada "carta de la raza"? ¿Por dónde comenzar a describir la imponente suciedad de su propia conducta, y la de sus partidarios, durante la última semana?

PUBLICIDAD

El senador por Illinois Barack Obama ganó en las primarias demócratas de Carolina del Sur, derrotando a la senadora por Nueva York Hillary Clinton sin hacer llamados sectarios a algún sector específico de votantes. Lo mejor que el ex presidente encuentra para decir es que esto no es mejor de lo que llegó a obtener Jesse Jackson en su momento.

¿Realmente?

¿Fue Jackson al sur tras ser elegido senador por Illinois? Y, si nos ponemos a pensar en eso, ¿fue tan menospreciado y sometido a burlas Jackson cuando lo necesitaron como “confesor” de Clinton durante la miseria del juicio político?

Nunca he podido entender bien cómo la inicial explosión de racismo de los Clinton fue pasada por alto y ha sido desde entonces borrada de los registros: Después de quedar relegado en las primarias de New Hampshire de 1992, y tras descubrirse que había mentido sobre su romance con Gennifer Flowers —romance que luego reconoció bajo juramento—, Clinton abandonó la campaña y voló a su Estado, Arkansas, para dar la máxima publicidad a su decisión de firmar la sentencia de muerte contra Rickey Ray Rector.

Rector era un preso negro que se hallaba en el pabellón de los condenados a muerte. Se había disparado a la cabeza luego de cometer un doble crimen. En lugar de morir, Rector consiguió el mismo efecto que hubiera logrado una lobotomía. Nunca entendió los cargos en su contra o la sentencia.

Después de que le sirvieron su última cena, dejó la torta de nuez al costado de la bandeja. Y luego les dijo a los guardias que fueron a llevarlo a la cámara de ejecución que reservaba la torta “para más tarde”. Varios policías y funcionarios de la prisión tuvieron náuseas por la ejecución de este hombre con un grave deterioro mental. El capellán de la prisión, Dennis Pigman, renunció más tarde, como resultado de ese episodio.

Por lo pronto, simplemente les pido a los lectores que imaginen qué se habría dicho si un gobernador republicano, tras ir perdiendo en las primarias, hubiese hecho todo lo posible y lo imposible para lograr la ejecución de un prisionero afroestadounidense mentalmente incompetente.

También se puede hojear el  The New York Times del 23 de marzo de 1992: “Club where Clinton has golfed retains ways of old south” (El club donde Clinton ha jugado al golf retiene los modos del antiguo sur). Sí, el Country Club de Little Rock tenía 500 miembros, todos ellos blancos. El aspirante a candidato se había hecho fotografiar allí más de una vez hasta que Jerry Brown, el ex gobernador de California y uno de sus rivales en las primarias de aquel año, lo convirtió en un asunto de campaña.

Los encargados de la campaña de Clinton anunciaron luego que el “personal y las instalaciones” del club estaban “integrados”. Esa es una linda manera de declarar que los retretes estaban siendo limpiados por los negros de Arkansas.

Aún así, todo esto fue perdonado por los liberales crédulos, convencidos de que habían descubierto un Nuevo Demócrata que era además un sureño. A muchas de esas personas no les gusta ahora, cuando ven similares tácticas de doble cara siendo empleadas contra “uno de los nuestros”. Y muchos de los más prominentes y elocuentes columnistas negros —Bob Herbert, Colbert King, Eugene Robinson— también muestran su horror. Es un poco tarde.

Tengo que decir que Herbert me sobresaltó incluso a mí al citar a Andrew Young, quien dijo que su amigo Clinton era “tan negro como Barack. Probablemente ha salido con más mujeres negras que Barack”. ¿Cómo se supone que se sentirán Hillary o Chelsea al escuchar ese pequeño respaldo? Uno tiene la impresión, sin embargo, de que, al menos para Hillary, todo está bien en la medida que la cosa funcione, o que tenga una posibilidad de funcionar. Cuando Toni Morrison, la novelista ganadora del Premio Nobel, describió a Clinton como “negro” sobre la base de su linaje, su clase y sus hábitos de devorar comida al paso, hizo algo más que alimentar la racista impresión blanca sobre el hombre afroestadounidense. Ella mostró el tipo de autoodio que evidentemente es más común de lo que nos gustaría pensar.

Digan lo que se les antoje sobre Obama (y yo digo que él tiene mucho más carisma que agallas), está muchas millas por encima de este tipo de miseria. Y además, tiene modales decentes. Digan lo que quieran sobre los Clinton, ustedes no pueden absolverlos de haber jugado la carta de la raza varias veces en las dos direcciones y de haber hecho eso de la manera más vulgar e inescrupulosa. Cualquiera que piense que esto se iguala con un “cambio” es un tonto al que se puede embaucar fácilmente.

*Periodista, comentarista político y crítico literario, muy conocido por sus puntos de vista disidentes, aguda ironía y agudeza intelectual. c.2008 WPNI Slate.

Conoce más
Ver todas las noticias