En uno de los mejores momentos de entre los muchos que abundan en la
película de Martin Scorsese Taxi driver, observamos al actor Albert
Brooks atendiendo el teléfono en la oficina de la campaña política del
hombre que sabemos (y él ignora) es un farsante.
Hablando en nombre del hueco y sonriente senador Palantine, Brooks se queja ante el fabricante de botones para solapas pues le disgusta el eslogan político impreso. “Pedimos botones que dijeran ‘Somos el pueblo’. Pero éstos dicen ‘Somos el pueblo’ ” . Y cuando escucha una objeción del otro lado del tubo, Brooks exclama: “…Ah, ¿usted no cree que hay diferencia? Pues no pagaremos los botones. Los tiraremos a la basura”. Parte del chiste aquí es que se hace a expensas de Brooks y de su personaje “candidato”. Realmente, no existe una gran diferencia. (Pese a que simpaticé con el ex gobernador de California y candidato presidencial Jerry Brown, todavía hago muecas cuando recuerdo que su campaña se basaba en el poco convincente eslogan “Nosotros, el pueblo”, usado contra Bill Clinton en fecha tan tardía como 1992).
Por supuesto, en 1992, Clinton tomó prestado un antiguo eslogan de John F. Kennedy: “El cambio es la ley de la vida”. Ahora, ¿por qué adjuntó ese eslogan y por qué en ese año? Ante todo, porque deseaba hacer un plagio del efecto Kennedy, y segundo, porque no era el presidente en ejercicio. Cuando uno desea ser reelecto, es más difícil (aunque no imposible) proponer un “cambio”.
La senadora Hillary Clinton, que se postula como la candidata del “cambio” porque, bueno, no puede postularse como la candidata del status-quo, también desea postularse como la candidata de la estabilidad y la experiencia. Por eso las repetidas alteraciones (o “cambios”) en sus recocidos eslóganes.
Para la época en que fue atizada la pelea del plagio por sus mal aconsejados consejeros, ella había pasado a través de: “Grandes desafíos, grandes soluciones”; “Trabajando para el cambio, trabajando para ustedes”; “Lista para el cambio, lista para liderar”; y “Soluciones para Estados Unidos”.
El senador Barack Obama, entre tanto, eligió algo menos banal y más secreto: “Un cambio en el que podemos creer”. Considero ese eslogan algo críptico. uno se pregunta qué puede significar.
Es el cliché, no el plagio, el problema de nuestro discurso político. En una época, los seres pensantes acostumbraban a decir, con al menos una pizca de orgullo, que sus propias convicciones no se achicarían para encajar en una etiqueta para pegar en un parachoques.
Pero ahora parece que cuanto más insulso y vacuo es el logotipo, ejerce más encanto (¿o “carisma”?) Basta ver lo ocurrido con el eslogan “Sí podemos”. Es lo que un padre podría cantar para alentar a su bebé a hacer sus necesidades en la bacinilla.
Tal vez en poco tiempo más podamos reducir la política en Estados Unidos a unas diez palabras clave: Sueño, Miedo, Esperanza, Nuevo, Pueblo, Nosotros, Cambio, América, Futuro, Juntos.
Si se pesca exclusivamente en esta minúscula y estancada piscina de palabras o frases hechas, tal vez se logre desalojar a todos los seres pensantes de la arena política y dejar el asunto en las capaces manos de los manipuladores profesionales.
En la nueva jerga, ciertas ideas inteligibles se volverían inexpresables. Y, por otra parte, muchos puntos de vista que son expresables serán, a su vez, bellamente ininteligibles. (“Nosotros, todo el pueblo unido, soñamos y esperamos un nuevo cambio en Estados Unidos”, es realmente una sentencia bastante larga del lenguaje basura actualmente de moda).
Es como si los publicistas de campaña pensaran que todo adulto en el país es un analfabeto que prefiere sentir a pensar y que en consecuencia presume, durante una temporada especial cada cuatro años, que todos los otros “en Estados Unidos” o en “este país” están desempleados o hambrientos o duermen debajo de un puente.
La siguiente suposición hecha por los manipuladores es que solamente un nuevo presidente (o tal vez un presidente en ejercicio que de alguna manera está deseoso de luchar contra el establishment de Washington y todos los demás en su ciudad natal) puede curar todas estas enfermedades.
No puedo creer en un estúpido conjuro tal como “Washington está en bancarrota” (el eslogan de campaña de Mitt Romney, el ex gobernador de Massachusetts). Y aún me siento menos inclinado a pagar los gastos de mudanza para traer a un mormón fracasado halagador de multitudes y propenso a cambiar cada día de posición al 1600 de la avenida Pensilvania.
Y esto es lo mejor que al parecer un “conservador de espectro total” pudo expresar en el territorio de la retórica. A este ritmo, el senador John McCain tendrá que hacer la campaña como un radical de la época posterior a Castro para lidiar con las percepciones de que a) es demasiado viejo y b) los republicanos son en su mayoría blancos, anglosajones y protestantes.
Recuerdo muy bien a Sidney Blumenthal cuando me despertó un día para leerme el discurso del senador Joseph Biden, quien, al tomar prestada la biografía de otro candidato, además de sus palabras, puso fin a su propia campaña.
La misma alegría no funcionó esta vez cuando él (tenía que ser Biden) apareció con “un cambio que usted puede hacer en una copiadora Xerox” como respuesta al senador Obama, quien repitió palabras del gobernador Deval Patrick.
Todo lo que Obama recogió de Patrick fue la anticuada idea de que las palabras importan, y todo lo que uno puede decir, al revisar el actual vacío paisaje de eslóganes y clichés, es que uno desea que esto vuelva a ser verdad.
*Periodista, comentarista político y crítico literario, muy conocido por sus puntos de vista disidentes, aguda ironía y agudeza intelectual. c.2008 WPNI Slate