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Un hombre indignado

02 de mayo de 2008 - 09:17 p. m.

VAMOS A APLICAR UN SUBTEXTO astuto y fresco en una campaña muy grotesca. Los dos candidatos demócratas se mantienen fríamente tranquilos cuando cada uno está en la vecindad del otro —aunque se aborrecen y menosprecian mutuamente—, mientras enormes espasmos de furia continúan sacudiendo el amplio y purpúreo rostro de Bill Clinton a medida que incuba las muchas injusticias a que lo ha sometido la vida.

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Es una buena época para cambiar el tema y enfilar hacia el temperamento (o mal genio) del senador John McCain y para insinuar, como lo hizo Michael Leahy en un artículo publicado en The Washington Post el 20 de abril, que deberíamos preguntarnos si el candidato republicano vive feliz, si hay gatitos en su granero o murciélagos en su campanario y si su ascensor va hasta el tope.

"El control de la ira” es el eufemismo que permite el surgimiento de este asunto. En una solemne versión de la antigua pregunta “Whose finger on the trigger?” (¿Quién tiene el dedo en el gatillo?), Leahy fue capaz de obtener los puntos de vista del ex senador republicano Bob Smith. Según Smith, el cociente de furia de McCain “pondría a este país en peligro en los asuntos internacionales y posiblemente al mundo en grave riesgo”.

Estuve una vez en un panel de televisión con Smith y puedo asegurarles que cualquier tipo de detonaciones prematuras ciertamente no serían un problema para él. Él combina el cuerpo de un buey con los sesos de un jején. Por cierto, si sus sesos estuvieran hechos de pólvora y fueran a explotar accidentalmente, el estallido resultante ni siquiera sería suficiente para desarreglar sus cabellos.

Tras ser senador del ala derecha republicana más extremista de New Hampshire, pasó al partido U.S. Taxpayers, decepcionado por no haber sido candidato presidencial en 2000. Intentó luego volver al campo republicano cuando vio que podría obtener la presidencia de un comité tras la muerte del senador John Chafee. Fracasó en eso, perdió la nominación en su propio estado, se mudó a Florida, apoyó a John Kerry en 2004, respaldó a Duncan Hunter para la nominación republicana en diciembre del año pasado y fue visto por última vez en la página en internet del Constitution Party (una página que tiene toneladas de diversión).

 Y este estúpido cretino es el principal testigo que se presenta contra el impetuoso McCain. Buen trabajo. Aún así, estamos obligados a preguntarnos si el senador por Arizona tiene un carácter tan terrible. Porque la palabra “ira” —y mejor no cometamos errores al respecto— insinúa inestabilidad emocional. ¿Qué pasa si McCain realmente no tiene ambos remos en el agua?

Las anécdotas son al mismo tranquilizadoras y angustiosas. Tanto la mejor como la peor provienen de Arizona. Hace unas dos décadas, al enfrentar a un grupo en su estado que se resistía a proclamar un feriado estatal en homenaje a Martin Luther King Jr., McCain dijo: “Mejor que hagan eso, maldito sea”. También formuló otros comentarios bastante tersos. Bien por él.

Sin embargo, en 1986, cuando trataba de llegar al Senado de Estados Unidos, McCain se mostró resentido con un joven republicano de Arizona. El joven le dio un podio demasiado pequeño para enfrentar las cámaras.

El ejemplo del podio nos preocupa. De otro modo uno podría defender a McCain sosteniendo que es aceptable enojarse por algunas cosas. Michael Gerson, columnista del Washington Post y ex redactor de discursos del presidente Bush, encaró esto de modo equivocado cuando acusó a McCain por denunciar a la derecha cristiana en 2000, calificando a sus voceros de “agentes de la intolerancia”, comparándolos con Louis Farrakhan y acusándolos de ser “influencias corruptoras”.

No hubo nada “fuera de control” en relación con ese discurso. El problema no fue el discurso del senador, sino el modo en que más tarde buscó acomodarse con esos mismos demagogos. Una razón por la que trato de no usar nunca corbata es la ventaja que confiere a un adversario frenético. Allí está usted, con un lazo corredizo apretado alrededor de su cuello.

Un republicano veterano me dijo la otra noche que había visto con frecuencia a McCain conseguir la atención en la Colina del Capitolio exactamente de ese modo. Nuevamente, uno espera que el candidato haya hecho eso para dar énfasis a sus palabras, no como una señal de desequilibrio mental.

Thomas Jefferson acostumbraba a recordar al amable George Washington que había momentos de furia apasionada en los cuales “no podía controlarse a sí mismo”. Solemos perdonar con frecuencia momentos, para usar las palabras de Orwell sobre Charles Dickens, en los que alguien está “generosamente enfadado”.

Aun así, ¿cómo vamos a estar seguros de que podemos diferenciar el berrinche histérico de la cólera de un hombre decente? La respuesta es esta: no podemos saber por anticipado —cuando se trata de una Presidencia— lo que hace que la gente se vuelva colérica. Por lo tanto, el manejo de la ira es todavía otra razón para la separación de los poderes.

* Periodista, comentarista político y crítico literario, muy conocido por sus puntos de vista disidentes, aguda ironía y agudeza intelectual. c.2008 WPNI Slate

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