La propiedad del suelo urbano, que era antes de la Corona Española, es decir pública, se comenzó a privatizar después de la Independencia.
En ese momento, solamente el 10% vivíamos en ciudades, mientras que hoy lo hacemos el 80%. Y más de la mitad somos emigrantes o desplazados, con muchas diferencias culturales. Este acelerado crecimiento y el desarrollo tecnológico, sumado al desconocimiento de que el uso de las ciudades es el mismo hace miles de años, ha llevado a la falta de respeto hacia los otros en el espacio urbano público. Incluso muchos lo alteran como si fuera su propiedad privada, sin que nadie los denuncie ni alguno se de por aludido.
Numerosos y delicados problemas de nuestras grandes ciudades -como la violencia intrafamiliar, los accidentes de tráfico, y las peleas entre vecinos-, que juntos matan mucha más gente que nuestro conflicto armado, se deben, parcial o totalmente, a que aún no sabemos vivir en ciudades. Y los que nos deberían enseñar también lo ignoran, desde la policía que se pasa los semáforos en rojo, a los alcaldes que no están preparados para entenderlas como artefactos habitados. Antes las autoridades se preocupaban, con razón, de los analfabetas, pero hoy poco les importa que no sepamos ser ciudadanos.
Su retórica social o económica oculta su desconocimiento histórico y técnico de las ciudades. No logran ver que su estructura espacial es sencilla y que la esencia de la vida urbana es la de siempre: compartir civilizadamente calles, plazas y parques, como lo hacemos en los centros comerciales, y tener respeto por la privacidad de los demás en sus viviendas. El maltrato de las calles, ese espacio urbano público que definió las ciudades hace milenios, es lo que realmente les debería preocupar. Sobre ellas están todos los espacios públicos y privados para habitar, trabajar, comerciar, estudiar y divertirse, y por éstas se recorre de unos a otros.
Tendríamos que planificar los diferentes usos del suelo, sostenible y contextualmente, y facilitar un transporte placentero y eficiente. Cuando pasamos de transitar por las calles a tener que utilizar un transporte mecanizado, se necesitaron los andenes, ahora convertidos en componente vital del espacio público al que hay que cuidar, pues la movilización urbana siempre comienza y termina caminando. Pero el problema es que el suelo urbano ya no es solo para habitar o desplazarse por él, sino ante todo para hacer negocios sin importar los derechos adquiridos por los que ya lo ocupan.