Por: Alberto López de Mesa
La democracia ha sido el sistema más idóneo para definir el derecho de los pueblos a elegir y controlar a sus gobernantes. Dado que la mayoría es quien decide, los intereses en disputa no escatiman ni mañas ni recursos con tal de conquistar la aceptación general, así, pues, la fragilidad de la democracia está en el factor humano. La democracia se ha consolidado a través de los tiempos y su evolución se ha dado paralela al desarrollo de las civilizaciones, hoy en día, las sociedades procuran garantizar que la participación sea más efectiva en los plebiscitos, referendos o consultas para la toma de decisiones a favor del bien común, sobre el modo de desarrollo de los países, o sobre la forma y el papel de los estados, esto, vale decirlo, es aún precario en muchos lugares del mundo y en la práctica, las dinámicas democráticas más tangible y efectivas siguen siendo los procesos electorales. Es en la elección de gobernantes donde más claramente se expresa el espíritu de la democracia.
El voto ha sido el instrumento con más tradición en las elecciones populares de gobernantes, también su desarrollo ha sido histórico, siempre procurando alcanzar la libertad del electorado y la transparencia en los escrutinios.
Desde el momento de la postulación de los candidatos ya entran en juego pasiones e intereses, de los gremios, de los partidos, de los poderes económicos y de los mismos líderes. Quien se postula demuestra características que lo hacen atractivo para el electorado: su aspecto físico, su elocuencia, su historia de vida, su cercanía al poder y sus propuestas, así mismo, según las condiciones o las expectativas del electorado, una u otra cosa importara más a la hora de tomar la decisión. Pero esta acción nunca ha sido tan espontánea, ni siquiera en las tribus y sociedades primitivas, en cambio, la ambición de poder siempre ha implicado manipulaciones de las conciencias electoras.
En realidad la educación para la democracia en su origen griego y romano era un asunto entre patricios, de las élites con acceso al poder, mucho después, con la revolución americana y mejor con la revolución francesa, los pueblos asumieron su participación en la elección de sus gobernantes como un derecho fundamental. Cabe aquí preguntarse qué nos impulsa a votar por uno u otro candidato.
Noam Chomsky asegura que en esencia el voto popular es pasional y que justamente en los instintos de las masas se apoyan las sectas políticas para ofrecer sus candidatos a la medida del gusto, mejor aún moldean el gusto a la medida de sus candidatos. Por supuesto, en el mundo mediático un candidato se ofrece de modo muy similar a un producto del mercado.
Hay quienes no votan por escépticos, por anarquistas, por apáticos, por ignorantes o por ajenos a las realidades sociales, para algunos de ellos el voto en blanco resulta una alternativa de participación, dado que se cuenta en el escrutinio, luego es opinión disidente o contraria. En los casos en que el voto en blanco ha ganado se renuevan los candidatos pero, como lo propuso Saramago en su novela, debería suscitar una renovación del sistema. Lo cierto es que la abstención o el voto en blanco aun no se han consolidado como un modo de participación tangible y efectivo a la hora de las decisiones, a lo sumo se divulga en algunos medios como una vaga opinión.
El elector es un grupo diverso resultante de muchas incidencias: La pobreza, la falta de educación, la ignorancia son propicios para la manipulación por compra de votos, por chantajes, por engañifas.
Los partidos políticos han sido el modo más expedito para garantizar un electorado, se cohesionan en torno a símbolos, a programas, a caudillos o a líderes, su misión, lógicamente, será el constituirse como una mayoría en diferentes instancias de la sociedad para así garantizarse el acceso y la permanencia en el poder, sin embargo, en su interior también se jugarán intereses y pasiones, por lo mismo, los sismos son frecuentes y en las disoluciones se originan apéndices, fracturas, nuevas coaliciones, ante las cuales el elector termina anexo o atraído no necesariamente por voluntad explícita.
El “voto de opinión” es una gama de la conciencia electoral de difícil definición. Digamos que los copartidarios comulgan en una misma ideología, es decir, que aceptan a sus candidatos y a sus programas de gobierno, esto sería un voto de opinión. Pero el elector libre, sin militancia de partido, se guía por expresiones y signos muy de la cultura, muy del instinto; en muy pocos casos por análisis de la racionalidad absoluta. Importa más la simbología que contenga el personaje en su aspecto y en su actuar que la sustancia de su programa. Casi siempre los programas que se ofrecen también están vestidos con los significantes del personaje, por ejemplo, si el candidato es de izquierda o de derecha, tanto su atuendo como su lenguaje expresará su ideología.
Ya he dicho que el candidato se ofrece como un producto, porque el mercado es cultura y lógica del sistema, de hecho, el elector lo asume como oferta y se porta como consumidor, es aquí donde los medios de comunicación sirven de vitrina al producto que más satisfaga sus intereses, aunque dirán que se prestan de tribuna sin discriminación para todos los candidatos.
En Colombia, estamos a pocas horas de elegir entre dos candidatos opuestos, Iván Duque y Gustavo Petro, al próximo presidente de Colombia. Está claro que el país, según resulte la elección, tomará caminos diferentes.
Yo votaré por Gustavo Petro, porque corresponde al viejo anhelo de mi generación de transformar las practicas gubernamentales de las castas politiqueras , porque sería la primera vez que un candidato alternativo asuma las riendas del país. Mi voto es un voto libre, como yo hay muchos, incluso no educados, pero animados por la esperanza de un cambio. Ciertamente los cambios implican incertidumbres, pero el impulso humano es eso, la eterna aventura de cambiar, de descubrirnos en la creación de nuevas realidades.