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A(r)mar una porte(ría)

12 de febrero de 2013 - 06:00 p. m.

Se acababan las clases de los viernes y después de una semana de fútbol y más fútbol en la escuela, esperábamos el sábado del ritual: la revancha del sábado pasado.

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En la casa veíamos porterías en todas partes: las patas de las sillas, el muro y una piedra, dos piedras: el primer gol lo hicimos por entre dos piedras que demarcaban un límite y un sinfín. Aunque también hicimos goles entre dos materas, dos cojines o dos frascos. La casa es el primer estadio que habitamos, es la cancha primigenia. Y cuando no había pelota, un par de medias, un cartón arrugado o un trapo que se convertía, mágicamente, en balón. Pico y monto para escoger a los jugadores y a(r)mar la portería. A los más niños nos “rifaban de últimos”, pero nos dejaban jugar. Aparecían cada sábado: Patillas, Chichimoco, Clavelito, Grillo, Negro, Bujío, Malafacha, Caníbal, Manchívoro, Pastelito, Plancho, Ñato, Juanmalo, Pelusa, Javirodas, Patisucio, Pepe, Tarzán, Pote, Tatoo y Colacho. El desafío del sábado eterno porque jugábamos toda la mañana, toda la tarde y parte de la noche. Con esos epítetos nos bautizaron en la calle, era la segunda familia, la segunda casa, la segunda vida, la segunda religión: el fútbol, esa mentira que ficcionamos para alimentar el alma desolada y angustiada de las tardes que anunciaban guerras y muertes. Por eso ingresó la palabra duelo al fútbol y, lo peor, se quedó en el lenguaje de los periodistas deportivos: “partido de vida o muerte”. Paradojas de la condición humana. No había himnos ni escudos ni colores ni… sólo apodos contra otros apodos que se tomaban la calle para rendir tributo a ese fenómeno extraño que alguien se inventó para acelerar el corazón cada que el balón pasa la raya de meta. No había árbitros ni tarjetas, sólo entusiasmo y alegría por el triunfo y tristeza por la derrota, pero para eso estaba la posibilidad del desquite el otro sábado. (Cuando se juega fútbol uno se cree infinito).

Camilo José Cela escribió un libro que se llama Once cuentos de fútbol y seleccionó personajes de la vida cotidiana de la posguerra. Es un libro en el que los apodos de los jugadores, como en el fútbol mundial, hacen homenaje a ese otro ser humano que tiene registro de nacimiento pero que fue bautizado en la calle, en la cancha, en el pantano, en el césped (donde florecen los túneles). Estos sábados me recuerdan los goles de chalaca, de taquito, los gafiados, las más estéticas chilenas y los ardorosos autogoles.

 

* Juan Carlos Rodas Montoya

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