Una de las expectativas que nos habíamos hecho para la presente edición del Festival es la relativa a los escenarios mismos en que este mundo de la fábula y la fantasía se iba a trazar desde las distintas expresiones extranjeras.
El castillo de San Felipe de Barajas es una de esas propuestas, y por su magnificencia suscitó una curiosidad también enorme; de cualquier manera, la promesa de la música gitana en los recintos de piedra de la fortaleza prometía una aventura que un público muy elegante aceptó de buen grado a pesar de un ascenso tortuoso y algo inseguro.
Hablando ya de música, Geza y los Virtuosos Bohemios se muestran a las claras como los define su nombre: son virtuosos, conocedores de su instrumento en niveles completamente íntimos, diestros, recursivos y profundamente técnicos, un asunto, sin embargo, peligroso en razón del riesgo que se corre al enfrentar la pericia contra la, digamos, humanidad de la música, si se me permite esta condición como término.
La promesa de un violín gitano, como corresponde a la esencia misma de este director y líder del grupo, se extravió en los cambios del programa a último momento, hecho que no resulta grave si el producto final responde a una calidad y a una idoneidad artística, además porque la música de Franz Liszt, Brahms y Camille Saint-Saëns no son para nada un asunto despreciable. El programa, pues, a mi juicio, no desentonó ni defraudó a la audiencia; tuvo, como en las corridas de toros, momentos de lírica profunda y embates impetuosos en la ejecución de las cuerdas que nos hicieron esperar ese final infantil y conocido, pero mágico, de Czardas, que nunca llegó.
Hoy, al digerir esta Noche Húngara, de cuerdas, de música veloz y efectista, llena de matices salpicados de folklore, se me ocurre pensar si un cierto afán por demostrar un pleno dominio de condiciones virtuosas en obras exigentes no estará sacrificando la belleza que debe asistir a la obra misma. Tal vez hubiera preferido quedarme con la idea de “qué maravillosas son las canciones de Brahms…” en lugar de llevarme la impresión de lo avezado y frenético del violinista. Saint-Saëns, sin embargo, me encantó y creo que Oblivion de Piazzolla fue un gran final.
Miguel Camacho. Periodista HJCK. *