El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Bala de plata

05 de septiembre de 2013 - 06:16 p. m.

El presidente se lleva la responsabilidad. Su nombre es el que queda asociado a los éxitos o fracasos de la superpotencia.

PUBLICIDAD

Aunque él mismo tome la decisión, al final ni su carácter consigue doblegar los vectores de fuerzas que determinan la política exterior de un país, como los intereses, la correlación de fuerzas, y la geopolítica.

La actual crisis siria nos ofrece de nuevo la oportunidad de observar cómo las continuidades de la política exterior de la superpotencia desbordan las diferencias entre demócratas y republicanos y terminan imponiéndose por encima de los programas. Bush llegó a la Casa Blanca como alternativa a Clinton y Obama como alternativa a Bush, y todos terminan haciendo cosas similares.

Todo lo que ha hecho Obama hasta ahora ante los dos años largos de guerra en Siria le ha debilitado. La idea de dirigir desde atrás, que le funcionó en Libia, no ha servido para nada en este caso, en que la revuelta democrática ha virado en guerra sectaria. Peor fue situar la línea roja sobre el uso de las armas químicas: aplazaba la necesidad de comprometerse, pero significaba citar a Bashar al Asad para que las traspasara cuando más le conviniera. Una vez utilizadas las armas químicas, la falta de una respuesta, y esos días que siguen pasando sin que el crimen reciba castigo, refuerzan la imagen de indecisión.

El crimen admite poca discusión. Como máximo, algunas maniobras de distracción como las que ha lanzado Putin acerca de la autoría por el uso de las armas químicas. La gravedad de la actuación criminal del régimen de Al Asad en la represión de las revueltas tiene dimensiones de genocidio: 100.000 muertos, dos millones de refugiados, cuatro millones de desplazados. El régimen ha cometido un acto de guerra repugnante contra la población civil, como es el uso de armas químicas. De no mediar una reacción contundente nada va a quedar de la responsabilidad de proteger, consagrada como principio por Naciones Unidas. A ello se suma el peligro de proliferación de armas de destrucción masiva, consecuente al almacenamiento impune de un arsenal de armas químicas, de la que tomarán debida nota otros regímenes. Todo esto, que recoge el borrador de resolución presentado al Senado de Estados Unidos, se resume en el peligro que significa Al Asad para la seguridad regional e internacional y en el daño inmenso para la comunidad internacional, Rusia incluida, que representa un precedente tan nefasto.

Ahora Obama no tiene más remedio que disparar. Hasta que no lo haga, sigue abierto el interrogante sobre su autoridad.

Está la cuestión de la cobertura legal, insuficiente si solo la tiene del Congreso y falta la del Consejo de Seguridad. Pero todavía está la dificultad mayor de la eficacia de la acción que se emprenda.

Obama se ha pedido a sí mismo una fórmula mágica: una acción limitada en el tiempo y adaptada a las circunstancias, sin poner pie a tierra, que dañe a Al Asad con precisión diabólica, suficiente para castigarle pero no tanto como para darle el poder directamente a los grupos insurgentes incontrolados; es decir, con el resultado de debilitar al régimen y a sus alianzas sin liquidarlo, e incluso obligar a todas las partes, Rusia incluida, a sentarse en la mesa de negociación. Esa fórmula es una bala de plata para matar a un monstruo y no un acto de guerra del que solo se sabe cómo empieza y nada cómo termina.

 

*Lluis Bassets

 

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias